Midnight Man

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rock Midnight Man

Mensaje por yolanda el Vie Ago 06, 2010 8:39 pm

Midnight Man

El nuevo cliente de la decoradora de interiores _________ Barron es el hombre más peligrosamente sexy que ha conocido en su vida. El comandante de marina Joseph Jonas, un antiguo seal (alias “Midnight Man” ) trabaja mejor en la oscuridad. A las pocas horas de conocerlo _______ tiene sexo salvaje y sin inhibiciones con Joseph, después le entra el pánico por la profundidad de su apasionada respuesta a un guerrero tan poderoso y peligroso._________ no es de las que tienen esa clase de sexo. Joe es, definitivamente, alguien a quien tiene que evitar para su tranquilidad de espíritu. Pero cuando los asesinos vienen a por ella, _______ sabe que sólo puede recurrir a un hombre. Joe la cuidará y la protegerá. ¿Pero quién la cuidará y la protegerá de Joe?
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolanda el Vie Ago 06, 2010 8:40 pm


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Capítulo 1



21 de diciembre
Portland, Oregón



—Me tiene miedo —pensó él.
¡Maldita sea!

Siete horas antes había matado a tres hombres y herido a cuatro. La muerte y la violencia estaban adheridas a él como un sudario. Sentía todavía la adrenalina de la matanza y el fuerte latido de la sangre en las venas.

Y tal vez por eso, desde que había cruzado el umbral de la oficina de ______ Barron, no podía pensar en otra cosa que en llevarse a la maldita mujer a la cama.

Joe Jonas miró a _______ Barron desde el otro lado del muy elegante escritorio de la muy elegante oficina. Incluso ______ era elegante: con estilo, impresionante, increíblemente hermosa con la piel suave de color marfil, el cabello rubio oscuro y los ojos grises como las profundidades de un lago de montaña, que lo miraban con cautela.

—Y bien señor Jonas, en su email no dijo a que se dedica.

Por la forma en que lo miraba, si él hubiera dicho “a cazar osos y al canibalismo” ella le hubiera creído.

En el mundo de los negocios era un lobo disfrazado de cordero con ropa de Brioni y de Armani. Eso hacía que fuera algo difícil ver la clase de hombre que era, y algunas personas lo veían demasiado tarde.

Pero en estos momentos, cuando acababa de llegar de Venezuela, parecía el lobo que era. Chaqueta negra de cuero, jersey negro de cuello alto, pantalones vaqueros negros y botas de combate. Con la adrenalina recorriéndole todavía el cuerpo, no era alguien a quien la preciosa señorita Barron querría ver en su edificio. Sobre todo porque, según los indicios, ella vivía sola.

Ya se mostraba suspicaz y eso que no sabía nada sobre la Sig-Sauer en la pistolera del hombro, el cuchillo K-Bar en la vaina entre los omoplatos, o la 22 en la pistolera del tobillo. Si lo supiera lo más probable es que lo echara del edificio.

Lo miró con la ansiedad reflejada en los luminosos ojos.

La alta carga de adrenalina iba disminuyendo poco a poco. El trabajo de asesoramiento a los empresarios de aceite de Venezuela sobre cómo hacer frente a un mundo duro se había vuelto de repente muy peligroso. Un pequeño ejército de terroristas, el Frente de la Libertad, había bajado de las colinas y había intentado secuestrar a toda la junta directiva de la Corporación Occidental del Aceite en mitad de una fiesta.

Por suerte él había estado allí vigilando y los había derrotado, eliminando a tres e hiriendo a cuatro. Del resto se había ocupado la policía local. Después había salido del país en un jet privado del agradecido director general, con un contrato vitalicio para ocuparse de la seguridad de la Occidental del Aceite en todo el mundo y con un cheque de 300.000 dólares en el bolsillo, justo a tiempo para la entrevista con la magnífica señorita _______ Barron.

Ahora tenía que convencerla de que él no era peligroso. Lo era, pero no para ella.

—Dirijo mi propia empresa, Seguridad Internacional Alpha, señorita Barron. Tengo una oficina en Pioneer Square, pero me estoy expandiendo con rapidez y necesito locales nuevos. Aquí hay mucho espacio.

Joe miró a su alrededor. No había esperado algo así. El anuncio del Oregonian sólo mencionaba los metros y la situación en Pearl, una peligrosa parte de la ciudad que se iba rehabilitando poco a poco.
Entrar por la puerta principal de la histórica construcción de ladrillo había sido como entrar en un pedacito de cielo.

Y las cuatro habitaciones comunicadas entre sí que ella le había mostrado parecían haber sido hechas para él. Los espacios eran grandes, luminosos y altos. Olía a madera nueva y ladrillo viejo, tan completamente diferente a la lúgubre y moderna habitación que había alquilado en una torre de apartamentos en los límites de Pioneer Square.

Dentro, el edificio parecía una joya exquisita con sus accesorios de cobre, los suelos de madera y los muebles de colores suaves. Ella había colocado algunas discretas luces para resaltar los espacios y unas ramas de hoja perenne que olían a naranjas y canela sobre la chimenea.
La suave música de arpa que se oía parecía que venía directamente desde el cielo y no de altavoces camuflados.

De inmediato le pareció que había vuelto al hogar, algo extraño en un hombre que nunca había tenido uno. Sus nervios, todavía exaltados, empezaron a calmarse. Esto era exactamente lo que estaba buscando sin saber que lo buscaba.

Y había que añadir a la serena y deliciosa rubia que había encontrado en la puerta ofreciéndole una mano suave y pequeña. El cuerpo, ya preparado por la lucha, había estado inmediatamente preparado para el sexo.

Diablos, ¿desde cuándo se distraía con tanta facilidad? Durante el desarrollo normal de los acontecimientos, los disparos no podían distraerlo de una misión. Desde luego los disparos no eran una rubia salvajemente atractiva, pero su misión en esos momentos era encontrar una oficina nueva y ahora que había visto este sitio estaba decidido a tenerlo. Y a la propietaria. Pero primero tenía que controlar sus hormo
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolanda el Vie Ago 06, 2010 8:41 pm

sus hormonas, si no lo hacía se quedaría sin los dos.

Abajo, muchacha, le ordenó a una parte de sí mismo.
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolanda el Sáb Ago 07, 2010 12:42 am


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Debía estar disparando al aire toneladas de hormonas porque ella, inconscientemente, fue echándose hacia atrás en la silla para poner una mayor distancia entre ellos

—Qe pensara que un escritorio y un poco de espacio podrían detenerlo si él de verdad quisiera saltar sobre ella, era tan absurdo que casi resopló— y sus ojos se abrieron tanto que podía ver el blanco alrededor de las pupilas.

Hora de sacarla de aquel estado emocional y tranquilizarla de que él no se la iba a comer. Aún no.
Adrede estudió el cuarto sin mirarla. Mantuvo los ojos apartados del suave rostro, dándole tiempo para que lo observara, y oyó como se le tranquilizaba la respiración.
El fingir estudiar el cuarto era una estratagema pero pronto se vio inmerso en la belleza del espacio que le rodeaba. No sabía como lo había conseguido ella, pero podía apreciar el resultado final. Impresionante. Suaves tonos pastel y muebles confortables que lograban ser tanto modernos como femeninos. Había conservado los detalles arquitectónicos de principios de los años veinte. Todo —cada detalle, cada rincón, cada objeto— era magnífico.

La mujer ya había tenido suficiente tiempo para calmarse, así que volvió a mirarla.

—¿Usted se ha encargado de la restauración, señorita Barron?

La pregunta la relajó. Miró alrededor con una sonrisa que asomó a los suaves y rosados labios.

—Sí. Heredé el edificio de mis abuelos. Antes era una fábrica de zapatos, pero la empresa quebró hace veinte años y desde entonces ha estado vacía. Soy diseñadora y decidí restaurarlo yo misma en lugar de venderlo.
—Ha hecho un trabajo magnífico.

Alzó los ojos hacia él. Lo miró fijamente e inspiró.

—Gracias.

Jugueteó durante unos instantes con una pluma dando ligeros toquecitos contra la brillante superficie del escritorio. Al darse cuenta de que los nervios la estaban traicionando dejó de hacerlo. Sus manos eran tan encantadoras como el resto de ella, pequeñas y pálidas. Llevaba dos anillos que parecían de mucho valor en la mano derecha, no llevaba ninguno en la izquierda.

Perfecto. No pertenecía a ningún hombre y ahora que él la había visto ningún otro hombre iba a tenerla. No antes de que él hubiera terminado con ella y eso iba a llevar mucho, mucho tiempo.
Vio como a ella le temblaban las manos.

______ Barron podría ser una de las mujeres más adorables que hubiera visto, pero en lo esencial ella era un animal —un animal humano— y era muy probable que sintiera, incluso que oliera, el peligro que emanaba de él, especialmente fuerte ahora.

Siempre había tenido ese efecto en los civiles. Bueno, se recordó, ahora también él era un civil. Ya no estaba en el servicio donde al instante se le reconocería por lo que era.

Había vivido toda su vida en una fraternidad de hombres, amigos o enemigos, con la misma forma de pensar. Los guerreros que lo conocían sabían quién era y normalmente se movían con cautela cuando estaban cerca de él.

Los civiles nunca sabían cómo actuar, eran como corderos que sintieran a un tigre infiltrado en el rebaño. Inquietos sin saber por qué.

Moviéndose despacio para no alarmarla, se acercó a ella y le dio una carpeta. Le tocó la mano unos instantes. Era como tocar seda. Los ojos grises se abrieron mucho al sentir el contacto y él se retiró.

Ella apoyó la mano sobre la tapa con las cejas levemente fruncidas.

—¿Qué es esto, señor Jonas?
—Referencias, señorita Barron. Mi currículum, hoja de servicios, crédito bancario, tres cartas de recomendación y una lista de los principales clientes de mi empresa —Sonrió—. Soy honesto, pago mis impuestos, soy solvente y me gusta el orden y la limpieza.
—No dudo de nada de esto, señor Jonas.

Volvió a fruncir el entrecejo cuando hojeó el contenido de la carpeta. Él se mantuvo inmóvil, moviendo sólo los pulmones, un truco que había aprendido en el campo de batalla.

—¿Qué quiere usted decir con servicios… Oh —Ella alzó la mirada. Algo apareció en sus ojos—. Es usted comandante. Un oficial del ejército —Él pudo ver como se relajaba un poco. Un oficial le parecía algo seguro. No tenía ni idea de lo que había hecho estando de servicio, de lo contrario era seguro como el infierno que no se relajaría.
—Era oficial. Los documentos de baja también están ahí. Y estaba en la Marina —Intentó que la voz no delatara su desprecio y apenas pudo sofocar un resoplido. Ejercito, seguro. Los soldados eran unos mariquitas, todo ellos-. No es lo mismo.
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por Nina el Sáb Ago 07, 2010 1:52 am

New reader...please ziguela me enknto la nove!!
tienz k poner otro cap...!!! please Razz
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolanda el Sáb Ago 07, 2010 2:16 am

La sonrisa de ella se hizo más amplia. Se estaba ablandando. Estupendo. Joe era muy hábil en leer el lenguaje corporal. El alquiler ya estaba en el bote. La señorita Barron se relajó cuando leyó la hoja de servicios.

La hoja mencionaba algunas de sus medallas, las suficientes como para impresionar a un civil. El resto —las medallas por las misiones de las que nadie llegaría a saber jamás— era información secreta.

La lista de clientes tampoco estaba nada mal. Había allí unas cuantas empresas bastante conocidas.
Ahora ella sabía que no iba a emborracharse y armar jaleos. No iba desaparecer sin pagar el alquiler. No iba a largarse con toda la plata. Algo importante ya que tenía mucha plata metida allí, sobre todo en forma de marcos antiguos de plata y en una colección de servicios de té. En alguna parte de sus referencias decía que él era un ciudadano serio sumamente respetado.

Lo que no mencionaba el archivo era que antes de convertirse en oficial había sido explorador y francotirador entrenado que acertaba a la presa a una distancia de dos kilómetros y medio. Que sabía cuarenta y cinco formas diferentes de matar a un hombre con las manos. Que podía hacer explotar aquel edificio con lo que había bajo el fregadero y que mañana por la noche él estaría en su cama, con ella.

—Marina, un oficial de la marina. Lo siento. ¿Cómo he de llamarle, comandante Jonas o señor Jonas?
—Basta con Joe, señora. Estoy retirado.
—Bien, Joe, yo soy ______ —Un momento de calma de la lluvia que arreciaba fuera creó un pequeño oasis de tranquilidad en el cuarto.

Tenía todos los sentidos desarrollados. Podía oírla respirar, el sonido del nailon cuando ella volvió a cruzar las piernas bajo el escritorio. Sólo podía verle los delicados tobillos, pero sabía que eran el final de unas piernas largas y esbeltas. Podía imaginarse aquellos muslos alrededor de la cintura, con las pantorrillas abrazadas a sus caderas…

—¿Perdón? —ella le había dicho algo, pero estaba tan absorbido imaginándola en la cama que no la había oído.

Joe se movió inquieto consciente de que habían pasado más de seis meses desde que tuvo la última relación sexual. Había estado demasiado malditamente ocupado levantando su compañía y haciéndola funcionar. Se miraron a los ojos y ninguno de los dos apartó la mirada.

—Tendrás que llamar a la gente de la lista —Él mantuvo la voz baja, tranquila, sin amenazas.
—Sí lo haré —Ella respiró profundamente—. Bien, umm… —Giró nerviosamente un anillo alrededor del dedo—. Entonces supongo que serás mi nuevo inquilino. Mi primer inquilino. Puedes hacer los cambios que quieras. Aunque preferiría que no tiraras ninguna pared.
—Ni en un millón de años podría hacer un trabajo tan bueno como el que tú has hecho decorando tu oficina. Debería contratarte para que decoraras la mía.
—En realidad, umm… —La pálida piel se tiñó de un delicado y encantador tono rosado. Ella se echó hacia atrás para coger un archivo. Lo abrió y lo giró para que él pudiera verlo—. Diseñando estas oficinas se me ocurrieron algunas ideas para la que voy a alquilar. Usé una combinación de colores diferente, la hice más… —Lo miró a través de sus espesas pestañas—, más masculina —

Joe hizo avanzar la silla. Tenía los sentidos tan agudizados que podía olerle la piel. Alguna mezcla de loción y perfume y calor de mujer. Ella, ahora, se ruborizó furiosamente bajo el intenso escrutinio.

Joe desvió la mirada hacia los dibujos que ella había puesto sobre el escritorio y luego se concentró en los papeles.

Asombroso.

—Esto es maravilloso —dijo él en voz baja. Estudio cada hoja con detenimiento. Había combinado unos insólitos tonos de gris oscuro y crema y un alegre azul para crear un ambiente elegante y moderno. Práctico, confortable, refinado. Era como si la mujer se hubiera paseado dentro de su cabeza para arrancar exactamente lo que él quería sin saber él que lo quisiera—. Elegante sin llegar a ser pretencioso. Me gusta mucho el techo beige con los dibujos azules.
—Ecru —Sonrió ella.
—¿Perdón?
—Estoy segura de que usted tiene palabras técnicas en su trabajo, comandante Jonas… Joe, al igual que yo las tengo en el mío. Los colores son pizarra, ecru y cerceta, no color gris, beige y azul. Y los dibujos azules son estarcidos —Empujó los diseños por el escritorio acercándolos a él—. Quédatelos. Puedes usarlos. Y si necesitas ayuda para el mobiliario, dímelo. Nada de lo que he dibujado es de diseño. Podrías comprarlo todo al momento. Me encantaría ayudarte. Tengo un descuento como profesional en los minoristas más conocidos.
—Muy generoso por tu parte. ¿Estarías también dispuesta a decorar las habitaciones destinadas a vivienda? Por unos honorarios, claro.

Ella jadeó.

—¿Vivienda? ¿También vas a… vas a vivir aquí?...
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por rox el Sáb Ago 07, 2010 4:17 am

NUEVA LECTORA SIGUELA ESTA MUY BUENA LA NOVE Twisted Evil Twisted Evil Twisted Evil
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolanda el Mar Ago 10, 2010 12:21 am

—¿Vivienda? ¿También vas a… vas a vivir aquí?

—Mmm. Hay mucho espacio. Las tres habitaciones de atrás serían más que suficiente para mí. En mi trabajo el horario es muy irregular y necesito estar cerca de la oficina. Así que esto me iría muy bien. Ahora quiero que llames a las personas de la lista de la página dos.
—¿Perdón? —Cuando ella cambió de posición en la silla, un perfume floral flotó hacia él. Las ventanas de la nariz se le ensancharon para recogerlo.
—He puesto a cinco personas como principal referencia. Llámalos. Llámalos antes de que firmemos el alquiler. Podemos hacerlo mañana.
—Estoy segura de que no es necesario, coman… Joe.
—Es absolutamente necesario, ______ —Miró a su alrededor y después fijó los ojos en ella—. Vives en un sitio hermoso y has hecho un gran trabajo renovando el edificio, pero este vecindario es peligroso.

Era una de las razones por las que él quería que las oficinas centrales de la empresa estuvieran aquí. A veces contrataba gente que habría parecido demasiado extraña en un remilgado edificio del centro de la ciudad. Como Jack, con piercings en la nariz y una víbora tatuada.

—Si vas a estar sola en un edificio con un hombre, tienes que saber quién es y que estás a salvo con él —la miró con ojos inexpresivos—. Estarás a salvo conmigo.
Pero no de mí, pensó.
—Bueno, supongo que tú eres el experto —dijo ella con un pequeño suspiro.
—Sí, señora. ¿Llamarás?
Ella empezó a leer el papel.
—Claro, si te empeñas. Tienes una lista impresionante de referencias. Un momento. Teniente Nicholas Morrison, Departamento de Policía de Portland. ¿Lo conoces?
—¿A Nick? Ya lo creo. Estuvimos juntos en el servicio. Después él lo dejó y se hizo poli. Llámalo. Y una cosa más antes de que firme. ¿Qué sistema de seguridad tienes?
—¿Sistema de seguridad? ¿Quieres decir una alarma? Déjame comprobarlo —Abrió un Filofax y repasó detenidamente las páginas con la rosada punta de un estilizado dedo—. Ahora no me acuerdo, pero sé que fue caro. Ah, aquí está. Interlock. ¿Los conoces? Oh, que tonta. Claro que los conoces, la seguridad es tu trabajo.
—Mi trabajo es la seguridad personal, no la seguridad en los edificios, pero los conozco —Interlock era una empresa que dejaba mucho que desear. Sus alarmas eran de pacotilla con códigos de siete dígitos que muy bien podrían haber salido de una caja de cereales. No había ni una jodida posibilidad de que él fuera a vivir y trabajar en un edificio con un sistema de seguridad de Interlock. Se levantó—. Me gustaría que conectaras la alarma cuando me marche.
—Yo… vale —Ella también se levantó. Parecía desconcertada cuando rodeó el escritorio—. Si insistes. Suelo tener la puerta cerrada durante el día porque es un fastidio conectar la alarma para tenerla que desconectar cuando quiero salir. Entonces… ¿debo suponer que hemos llegado a un acuerdo?
—Puedes apostar a que sí.

Él le tendió la mano. Tras una leve vacilación, ella se la estrechó. Era casi la mitad de la suya, esbelta y de huesos delicados. Él se la apretó con suavidad y se obligó a dejarla ir. Fue condenadamente difícil conseguirlo. Lo que quería hacer era tirar de ella hacia sus brazos y tumbarla en el suelo.

Algo de eso debió ver ella porque se le abrieron mucho los ojos con una expresión de alarma. Él retrocedió.

—Mañana empezaré a trasladar mis cosas. Y desde luego aceptaré tu oferta para ayudarme en la decoración. Por supuesto que me gustaría pagarte por diseñar mi oficina. Está claro que has trabajado mucho en ello.
Ella movió las manos en el aire, descartándolo.
—No, no te preocupes. Son sólo unos garabatos. Considéralo como un regalo de bienvenida —Fue hacia el vestíbulo y él la siguió intentando no comerle el trasero con los ojos y procurando que no fuera muy obvio el que estuviera oliendo el aire tras su estela. Sus hombres decían que tenía el olfato de un sabueso. Podía oler el humo del tabaco en la ropa de un hombre un día después de que hubiera fumado. El olor de ________ Barron casi le hizo caer de rodillas.

Aquel olor era como un perfume, algo ligero y floral, un combinado de champú con olor a manzana, aroma de ropa recién lavada y algo indefinible que supo sin ninguna duda que era propio de la piel. Pronto, muy pronto, olería esa piel de cerca. Era sólo una cuestión de tiempo.

Y cuanto antes mejor. Cristo, la vista de la espalda era tan tentadora como la de las elegantes curvas de la parte de delante, con aquel pelo de miel oscura que se movía con cada paso que daba.

Nunca había visto a una mujer tan curvilínea pero tan delicadamente hecha como ______ Barron. Todo en ella era delicado, hasta los huesos eran delicados. Tendría que tener cuidado. Nada de sexo duro cuando se la llevara a la cama. Tendría que entrar en ella despacio, dejarla que se acostumbrara a él antes Ella se giró y le sonrió.
—Entonces estamos de acuerdo.

¡Bien! Los ojos se entrecerraron y el cuerpo se le aceleró hasta que se detuvo en seco justo antes de llegar hasta ella. Está hablando del alquiler, idiota, se dijo.

—Prepararé un contrato y te haré una copia de las llaves. ¿Cuando quieres instalarte?
¡Ahora! gritó su cuerpo. Justo en este momento. Pero tenía asuntos de los que ocuparse.
—Probablemente traslade parte de mis cosas mañana por la mañana. No tengo mucho. Más que nada archivadores y equipos de informática. De eso sí hay mucho —La miró sonriendo—. ¿Te encargarás del resto del mobiliario? Gasta lo que creas necesario. Todo me parecerá bien.
Ella lo estaba contemplando, respirando con suavidad.
—¿De acuerdo, _______?
La mujer parpadeó y pareció salir de un aturdimiento.
—Ah, sí, um, vale. Y te haré una copia de las llaves.

Él abrió la puerta. El contraste entre lo que había detrás de él —una dama delicada en un edificio que era una joya— y lo que había delante —los tristes y desvencijados comercios, las tiendas de alcohol y los solares vacíos— lo hizo retroceder y girarse hacia ella. *La Pequeña Señorita Muffet - tenía que saber que había alimañas ahí fuera. Unas muy malas.

—Comprueba quién soy, _______. Asegúrate de que conoces a quién vas a meter en tu casa. Llama a Nick. Llámalo ahora.

Los suaves labios rosados se separaron ligeramente, los ojos grises muy abiertos lo miraron fijamente.

—Vale, yo… —Tragó—. Lo haré.
—Y conecta la alarma cuando me vaya.

Ella asintió sin apartar los ojos de su cara.

—¿Te sabes de memoria el código de siete dígitos?
—¿Cómo sabes…? Vale, no, no me lo sé.
—Es un requisito indispensable para la seguridad del edificio. Aprenderse el código de memoria. Me apuesto algo a que tienes el código escrito en una hoja en alguno
de los cajones de tu escritorio. Eres diestra, así que debe estar en algún cajón de la derecha.

Ella sofocó un pequeño jadeo y volvió a asentir. Bingo.

—Eso no está bien. A partir de ahora guarda el código en una caja fuerte y memorízalo. Tienes un sistema de seguridad, así que úsalo. Quiero este edificio cerrado a cal y canto cuando me haya marchado.
—Señor, sí comandante, señor —Un hoyuelo apareció por un momento y luego desapareció—. O algo así.
—La respuesta correcta es: sí, haré exactamente lo que me dices.

Ella estaba tan cerca que le podría haber visto los defectos de la piel si hubiera tenido alguno. En cambio, su piel era tan lisa y perfecta como el mármol y hubiera apostado algo a que también era suave y tibia. Él tenía un pie a cada lado de la puerta, a un paso de un mundo a otro. Tuvo que obligarse a moverse.

—Cierra la puerta, ________ —dijo otra vez cuando cruzó el umbral, tirando del pomo.




*Título de una poesía infantil que apareció por primera vez en la prensa en 1806.

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolanda el Miér Ago 11, 2010 2:40 am

—¿Puedes decirme algo de él? ¿Cuáles son sus antecedentes?
—Bueno, era un soldado malditamente bueno, excelente. Le han dado un montón de medallas.
—Sí, eso ya lo he visto en su hoja de retiro.
—Cielo, allí sólo se mencionarán las medallas que ganó en operaciones abiertas. Tiene una caja fuerte llena de otras. Las de las operaciones de las que no sabemos nada y que nunca llegaremos a saber.
—¿Otras? ¿Qué… qué tipo de soldado era?
—Un seal. Comando de élite. Lo mejor de lo mejor. Experto en operaciones nocturnas. Trabaja mejor al amparo de la oscuridad. Sus hombres lo llamaban Midnight Man. Tiene una magnífica visión nocturna. Probablemente ha matado más blancos —o sea, terroristas— que cenas calientes hayas tenido tú. Ja ja.
—Ja ja —repitió _______ con voz apagada. No tenía ningún problema en absoluto en creer lo que decía Nick. La calma, la palpable aura de peligro alrededor del hombre, contaba su propia historia. Acababa de dejar entrar en su casa a un hombre muy peligroso. En absoluto un sencillo soldado, sino un asesino profesional. Un hombre que mataba por su país, eso era cierto, pero a fin de cuentas un asesino.


Nick interrumpió sus pensamientos.

—Dime, ¿cómo es que Midnight Man ha ido a alquilarte una oficina? Ni siquiera sabía que estaba en la ciudad. Oí que se había retirado por incapacidad, pero después desapareció del mapa.
—¿Incapacidad? —El hombre que ella había visto no estaba incapacitado en absoluto. Todo lo contrario, de hecho—. No me pareció incapacitado.

—Recibió un mal disparo hace más o menos un año que le rompió la rodilla. La marina le pagó una nueva, pero ya no puede trabajar en los niveles más altos. No sé qué es lo que hace ahora.
—Tiene una compañía de seguridad internacional. Se llama Seguridad Alpha.
—No me digas —_______ oyó un suave silbido—. Seguridad Alpha es una compañía con clase. Tiene un representante realmente bueno. ¿Así que Joe es Alpha, huh? ¿Ahora vive en Portland?
—Supongo que sí.
—Bueno, que me condenen. Dile a ese hijo de p… er, a ese desgraciado que será mejor que se ponga pronto en contacto. Y querida, no te preocupes por Joe, es honesto y completamente, absolutamente de fiar, y si es el jefe de Alpha es más que solvente. Me alegro de que vaya a estar en ese edificio contigo. Ahora no tenemos que preocuparnos de que estés en Pearl. Has puesto a un tipo realmente peligroso a tu lado —El nivel de ruido de fondo aumentó otra vez. Dios santo, ¿ese sonido era un tiro?—
—¡Morrison, trae tu culo aquí! ¡Ya!
—¡Eh, ______!, tengo que irme corriendo, hoy esto parece un zoo. Hasta luego.

Un tipo realmente peligroso. ______ estaba de pie al lado del escritorio. Puso el inalámbrico en la base y se quedó mirando, sin ver, su mano. Un tipo realmente peligroso iba a vivir justo al otro lado del vestíbulo.

Pero se suponía que ella no tenía que preocuparse por nada.
Claro.

—Así que has llamado a Nick. Bien —dijo una voz profunda y áspera, y ella soltó un grito.
—Oh, Dios —Y pegó un bote hacia atrás del susto.

Él estaba allí, de pie, ante ella, aún más grande y más alto de lo que recordaba.

—Mira —Un rápido movimiento de la enorme mano y una tarjeta de crédito, un par de tenacitas y una vara de acero curvada cayeron sobre el escritorio—. Esto es lo único que ha hecho falta para saltarse tu seguridad. Y porque tenía prisa. Si hubiera tenido un poco de tiempo podría haberlo hecho con una escupida y un alambre. Así que ya ves que tu sistema de seguridad funciona como… ¡eh!

A ________ el corazón le latía salvajemente y parecía que iba a salirle del pecho. Tenía que sentarse y no había ningún sitio para hacerlo. Tratando de moverse, tropezó y algo tiró de ella y la lanzó sobre un enorme pecho mientras trataba de enfocar la vista y hacer desaparecer los puntitos luminosos que tenía delante de los ojos.

—Eh, eh, cálmate. Lo siento si te he asustado. Sólo quería demostrarte que necesitas mejorar tu sistema de seguridad. No hay nada como una demostración en vivo para convencer a las personas. No entraba en la demostración el que te desmayaras.

Ella todavía era incapaz de entender las palabras. Su voz era un estruendo profundo en su pecho sin ningún significado. Apoyó la frente en su clavícula con las palmas de las manos sobre los pectorales.

Él la abrazaba con fuerza, con tanta fuerza que hasta le podía oír el latido fuerte y tranquilo del corazón. Un latido por cada dos de los suyos.

Había estado fuera, bajo la lluvia. Olía delicioso, una mezcla embriagadora de hombre, lluvia y cuero. ______ movió ligeramente la mano derecha bajo la chaqueta y tocó una especie de arnés de cuero. Intrigada, movió la mano sobre el pecho, un poco más allá, y encontró madera y un cañón de acero.


Él no la soltaba y ella, sin aliento, sintió ahora otra clase de conmoción. Una mano grande cubrió la parte alta de su espalda, la otra la agarró por la cintura. Él apretó con fuerza con aquella mano y el vientre entró en contacto con algo igualmente duro.

No era una pistola.

_______ dio un respingo hacia atrás como si se hubiera quemado. Alguna parte de su cerebro comprendió que había podido moverse sólo porque él había abierto los brazos en el momento en que pegó el brinco. De otra manera no hubiera habido manera de poder liberarse del abrazo. Los músculos que había empujado al dar un salto atrás parecían de acero.

Sin poder decir ni una palabra, se lo quedó mirando.

—Necesitas un nuevo sistema de seguridad —dijo él.

Ella abrió la boca pero no salió ningún sonido. Un nuevo sistema de seguridad. Las palabras flotaron por su cabeza pero no encontraron ningún sitio para aterrizar. No lograba encontrar la manera de retenerlas, ni tampoco a sus emociones.

La expresión de él era como siempre. Decidida, seria, grave. No era posible leer su reacción.

Eso si había tenido alguna. No parecía afectado en absoluto. Aunque sabía que al menos una parte de él si se había visto afectada, y mucho.

La vergüenza apareció inmediatamente después del susto. En grandes oleadas. Sintió como el calor iba subiéndole a la cara junto con otro calor completamente incontrolable.

______ buscó desesperada alguna manera de tratar con la situación. Alguna frase intrascendente, neutral y elegante que la ayudara a lidiar con el hecho de haber sentido el p*@e de un completo desconocido.

¡Un p*@e erecto, por favor!
Un p*@e enorme, erecto.
Oh, Dios.

Clavó la mirada a unos quince centímetros por encima de la cabeza de él. Tenía la garganta seca y le dolían los pulmones.

—Necesitas un nuevo sistema de seguridad —repitió él. Un nuevo sistema de seguridad. Nuevo. Sistema. Seguridad. ¡Ah! Necesitaba un nuevo sistema de seguridad.

Bien… sí. Si él podía burlar el sistema de seguridad en el tiempo que le llevaba hacer una llamada de teléfono, era posible que necesitara uno nuevo.

—De acuerdo —graznó ella. Se aclaró la voz—. Vale. Lo examinaré en cuanto pueda. Preguntaré…
—No te molestes. Yo te instalaré uno. Uno que no se pueda burlar. Como agradecimiento a tus diseños.
—No tienes que… —_______ miró a la cara. No era una cara a la que pudieras decir que no—. Vale. Gracias.
—¿Cuál es tu restaurante favorito de Portland?

Ella soltó un pequeño resoplido intentando adaptarse al cambio de conversación.

—Bueno, supongo… Comme Chez Soi. Pero por qué…
—Podemos hablar de tu nuevo sistema de seguridad esta noche, durante la cena —declaró él como si fuera un hecho tan irrebatible como la gravedad.
—¿La cena?
—Te recogeré a las siete.

_______ intentó centrarse, pero no hubo manera. Ni siquiera podía pensar, no con ese hombre en la misma habitación que absorbía todo el oxígeno junto con su sentido común.

Y dijo lo único que podía decir:

—Vale.
—Tráeme una llave porque no podré instalar el nuevo sistema de seguridad hasta pasado mañana como pronto. Empezaré a trasladar mis cosas mañana. Dormiré aquí mañana por la noche. Lo primero que traeré será la cama.

La cama. Su cama. ______ se lo podía imaginar demasiado bien en su cama, un cuerpo grande durmiendo entre las sábanas enredadas.

—Vale —susurró.

La miró fijamente durante unos pocos segundos, con aquellos ojos oscuros y serios que parecían poder pasearse por su mente. Luego él asintió y se dirigió hacia la salida. No dio la impresión de que se apresurase pero cubrió la distancia con rapidez. En un segundo ya estaba en la puerta.

Grande como era no hizo ningún ruido. ¿Cómo podía ser? Llevaba botas y tenían que haber hecho algún sonido en el suelo de madera, ¿verdad?

Pero desapareció tan silenciosamente como había venido. Había aparecido ante ella tan de repente como un fantasma. Y luego, ya no estaba.

_____ se quedó con la mirada clavada en el lugar donde él había estado durante mucho tiempo después de haber oído el sonido de la puerta al cerrarse, luego buscó a tientas una silla. Tenía un día muy ocupado por delante pero no podía ir a ninguna parte hasta que las piernas no dejaran de temblar
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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Lun Ago 16, 2010 2:02 am

Capítulo 3

A las siete en punto, Joe tocó el timbre de la entrada principal de ______ y a las siete y un minuto oyó el sonido ligero de los tacones. Tenía que reconocer que ella era puntual.

Joe supuso que no debería sorprenderse. A fin de cuentas, ______ Barron era una mujer de negocios, y con éxito. Uno no sobrevivía en los negocios si no cumplía con la agenda.

Se había encontrado con que el mundo de los negocios, a su manera, era tan exigente como la marina.

Esperó pacientemente ahí fuera absteniéndose, por piedad, de volver a forzar la cerradura y abrir la puerta. Ya se había hecho entender.

No, él estaba ahí fuera ante la puerta y tocando el timbre por la ridícula idea que debía tener ella de lo que haría un hombre normal esperando a una mujer. Para salir. Para tener una cita.

Suponía que era así como se hacía. El hombre esperando a la mujer tras una puerta. Su experiencia en estos asuntos era bastante limitada. Normalmente cuando quería sexo se iba a un bar de citas y echaba la red hasta que alguien picaba el anzuelo. A veces tenía que esperar cinco minutos, a veces diez.

Las mujeres no andaban buscando corazones ni flores y él no pretendía darlos.

_____ Barron era un asunto completamente diferente. Meterse en su cama iba a requerir alguna delicadeza y que sacudiera el polvo de sus oxidadas habilidades sociales. Tendría que mantener alguna clase de educada conversación intrascendental, algo que raramente tenía con civiles.

¿Por qué no podría ir directamente al grano? Se encogió de hombros bajo el abrigo de lana de cachemir, que era el disfraz de hombre de negocios, deseando haberse metido ya en su cama y reconociendo lo insólito que era el estar tan impaciente.

Una vez se había ocultado tras una roca en uno de los más peligrosos Stans* durante cuatro días y cuatro noches sin mover un músculo para poder dispararle a uno de los tenientes de Abdul Rashemm. Esta picazón era diferente a aquella.

Iba a tener que pasar por esta tarde. Y posiblemente por algunas de otras tardes iguales a ésta. Pedirle que saliera con él a cenar —o sea, tener citas— era necesario. Tenía que haber algo entre conocerla y acostarse con ella. No podía simplemente decir “Vámonos a la cama”. La cosa no funcionaba así, no con damas.

O al menos eso era lo que suponía. No tenía mucha experiencia con esa especie. Así que allí estaba él, encadenado a una tarde de conversación.

No quería ser agradable.

No quería tener que dar su opinión sobre como decorar la nueva oficina. Lo único que quería era plantar todo el enorme problema que tenía en la ingle en aquellas preciosas manos y dejarla que se ocupara de ello. Y seguro como el infierno que no hacía falta que ella supiera qué sistema de seguridad necesitaba el edificio. Él era bueno en esas cosas.

Lo que él quería era saltarse la cena e ir directamente a la cama. Sentir esas piernas largas y esbeltas alrededor de la cintura. Hundirse en ella. Seguro que sería ardiente y apretada…

Suspiró y cambió de postura con la mandíbula tensa. Era muy probable que meterse en su edificio fuera más fácil que meterse en su cama.

La puerta se abrió de golpe y allí estaba ella, _______ Barron, desde aquella mañana su nueva casera y casi la mujer más deseable que había visto jamás, enmarcada en la puerta, el fragante y cálido aire interior condensándose en la fría noche.

¡Maldición! Se le retorció el estómago. ¿Es que todo aquel peculiar edificio olía como ella?

Se lo quedó mirando, con un pie dentro y uno fuera, aturdida e inquieta, como si pudiera leer sus pensamientos, lo que, gracias a Dios, no podía hacer. Llevaba el largo abrigo desbrochado revelando una blusa de un rosa pálido con botones de perla lo bastante abierta como para mostrar la elevación redonda de unos pechos de marfil. Las manos fueron cerrándose hasta transformarse en puños.

—Hola —______ no le podía leer la mente pero al parecer una parte de su energía sexual llegó hasta ella porque lo miró un poco aprensiva. Tal vez debería haberse dado dos duchas frías.
—Buenas noches —Retumbó su voz al responder y ella sonrió y pareció relajarse un poco.

Respuesta correcta.
Bien.

Podía hacerlo. Seguro que podía. Al menos durante unas horas.

Ella se inclinó para echar cuidadosamente el cerrojo a la puerta que él había dejado inutilizada en tres minutos. Se enderezó y cuando giró la cabeza hacia él, finos mechones de cabellos perfumados de color miel se aferraron a la lana oscura del abrigo de cachemir. Él los levantó con suavidad y le resbalaron por la mano como si fueran de seda. Lo miró con los ojos grises muy abiertos como si él estuviera a punto de comérsela entera.

Nada le gustaría más. Cogerla, prepararla antes de montarla…

La cogió por el codo e inspiró profundamente. Vayamos por partes. Tenía que alimentarla y obligarse a algo de conversación antes de subirse encima de ella.

Iba a ser una larga tarde. La primera de muchas largas tardes.



*Término para referirse a alguno de los países acabados en STAN, como Afghanistan, Kazhakhstan, Kyrgyzstan, Pakistan, Tajikistan, Turkmenistan, Uzbekistan, etc.

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Jue Ago 26, 2010 9:29 pm

hace tiempo que no pongo cap asique os pongo dos ok?
—Gracias por tocar el timbre y no forzar la cerradura —_____ miró hacia arriba —muy hacia arriba—, al hombre que caminaba junto a ella por el camino de entrada.

La boca de él se curvó en una media sonrisa.

—De nada
—Estoy segura de que te viste tentado a hacerlo.
—No. Ya había demostrado mi punto de vista.

Sí, desde luego que lo había hecho.

Estaba tan cerca de ella que podía verle la gotitas de lluvia en el pelo negro cortado a rape. Qué sorpresa se había llevado al abrir la puerta unos minutos antes. Aquella mañana había parecido peligroso y de mala reputación. Había decidido firmar el alquiler sólo porque era un oficial, aunque no un caballero.

Esta tarde no le suponía ningún problema creer que llevaba una empresa con éxito. Guau, estaba guapísimo. Se le veía tan poderoso como por la mañana, pero vestido con un traje elegante y con un abrigo gris de lana de cachemir, parecía… respetable. Como alguien con quien podría salir para cenar sin necesidad de preocuparse porque se la comiera entera y escupiera los huesos.

Él le ofreció el brazo cuando bajaron las escaleras, deteniéndose en el pórtico que cubría la puerta. Ahora llovía bastante, algo habitual en Portland esas nubes plomizas y grises.

Joe había abierto un resistente paraguas bastante grande, pero se detuvo un momento esperando que menguara un poco el aguacero. ______ echó una mirada hacia abajo. No llevaba botas de combate como esta mañana, pero llevaba unos zapatos recios, elegantes y muy limpios, adecuados para el aguacero que caía.

A diferencia de sus zapatos de charol Rossetti. Suspiró. Los zapatos de charol le habían costado bastante y se le iban a estropear.

No importaba. Alzó la mirada y automáticamente escudriñó la calle, como hacía siempre.

Dos manzanas más abajo había una nueva galería muy moderna y tres bloques más allá, por el otro lado, un restaurante especializado en comidas asiáticas que tenía prevista la apertura la semana siguiente. Pearl se estaba civilizando.

Pero esta zona en particular de Rose Street estaba oscura y destartalada. A menudo ______ vacilaba antes de meterse apresuradamente en la calle e ir hacia su coche y nunca salía sola después del anochecer.

En cambio ahora no estaba asustada. Con la mano en el poderoso brazo de Joe Jonas, yendo a su lado, no sentía ningún miedo. Ninguno en absoluto.

—Vamos —Sosteniendo el paraguas sobre ella con la mano derecha, le puso el brazo izquierdo alrededor de la cintura y fueron rápidamente hacia el coche.

Camión, más bien. _____ miró consternada la puerta abierta del copiloto del Yukon y luego lo miró a él. Desde aquel ángulo y en la oscuridad lo único que veía era una gran mandíbula.

Apenas tuvo tiempo para contemplar la distancia y la imposibilidad de subir con la falda negra estrecha que llevaba cuando Joe la cogió en brazos y la colocó con suavidad en el asiento.

Era una mujer adulta y él la había cogido con el mismo esfuerzo que hubiera empleado para coger a un niño.

De nuevo tuvo que maravillarse por la rapidez con la que se movía el hombre. Todavía se estaba colocando el abrigo cuando la puerta del conductor se abrió y se cerró rápidamente dejando entrar un remolino de aire frío. Puso el coche en marcha.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella cuando llegaron a Brandon Avenue.

Él le dirigió una rápida mirada de superioridad.

—Adonde tú querías —Aunque no dijo las palabras en voz alta, quedó flotando un “por supuesto”.

_______ parpadeó.

—¿A Comme Chez Soi?

Él se encogió de hombros.

—Exacto.

Ella casi se rió.

—¿Pudiste hacer una reserva en Comme Chez Soi un viernes por la noche? —Había una lista de espera permanente de dos semanas. Una reserva en el último momento en un viernes por la noche era imposible.

Iban por la zona del centro de la ciudad y le podía ver con más claridad el perfil de rasgos limpios y duros. Su rostro era fuerte, decidido.

—Los persuadí para que hicieran sitio a dos más, sí.

Los había persuadido… ella jadeó. Había estado armado. ¿Los había apuntado con una pistola?
_____ se llevó el puño a la boca.

—Oh, Dios mío, Joe, ¿qué les hiciste para convencerlos de que nos dieran una mesa?

Él se rió, un sonido áspero y bajo.

—No lo que estás pensando, cariño. Entré tranquilamente y le di al maître una nota con un billete.

Feliz de que la oscuridad no dejara ver el rubor en las mejillas, _______ miró a ciegas por la ventana.

Cariño”. La había llamado cariño. Eso no significaba nada en absoluto, desde luego. Pero el corazón le había dado un salvaje vuelco en el pecho. Puso una mano sobre la otra y respiró profundamente varias veces para tranquilizarse.

Era como estar en una cueva, los dos solos. Una cueva oscura apartada del resto del mundo. Había poco tráfico y las aceras estaban vacías. La enorme máquina rodó silenciosamente por las calles dejando un arco de agua a su paso. El suave zumbido del parabrisas iba al mismo ritmo que los latidos de su corazón.

Él conducía rápido pero seguro y ______ se sentía completamente a salvo como si estuviera envuelta en un capullo.

—Está lloviendo muy fuerte —dijo ella rompiendo el silencio. Él no había dicho una palabra en los diez últimos minutos. Tenía que aprender a hablar con ese hombre sin que le temblara la voz ni las manos. El clima parecía un tema seguro.
—No es que haga muy buen tiempo por aquí —Se quejó él—. Siempre llueve.

Por un momento se sintió encantada al pensar en Joe Jonas, grande y malo, descontento por un poco de lluvia, como si estuviera hecho de azúcar y pudiera deshacerse.

—Bueno… —Bromeó ella con suavidad—. No siempre. De vez en cuando hace un día de sol. O dos. No eres de por aquí, ¿verdad?

No podía situar el acento de su profunda voz. No era del oeste, eso seguro.

—No, señora.

La miró y sus ojos se encontraron. Aquella mirada tuvo tal poder sobre ella que ______ tuvo que apartar la vista. Fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

Di algo, idiota.

—Entonces, um, ¿de dónde eres?

Él guardó silencio un momento mientras conducía por la difícil intersección de Harrison.

—De todas partes en general y de ninguna en particular. Mi padre estaba en la marina y crecí en las bases navales. Cuando fui lo bastante mayor para alistarme, seguí sus pasos. He vivido en casi todas las bases navales de este país y en muchas del extranjero. La mayor parte de ellas con sol —añadió irónicamente—. Cuando me tomé la jubilación anticipada, me hizo falta una base de operaciones. Tanto me daba un sitio como otro.
—Entonces… ¿por qué Portland?
—La verdad es que no lo sé —Se encogió de hombros—. Muchos me hablaron de lo grande que era este sitio. Hacía años que conocía a Nick, de cuando él era marino. Me dijo que había buena caza y pesca y que se podía navegar. Parecía un lugar tan bueno como cualquier otro.
—Nick dijo que no se había enterado de que estuvieras en la ciudad.
—Sí. Había planeado expandir el negocio poco a poco, tener tiempo para ver a los amigos, tal vez ir alguna vez a pescar y a cazar. En lugar de eso, el negocio ha subido como la espuma y he ido de un lado a otro desde entonces. Apenas he tenido tiempo de recobrar el aliento. Debería haber buscado un local más grande ya hace tiempo. Pero… —La miró de reojo con ojos tan centelleantes que le cortó el aliento—, estoy realmente contento de haber esperado. Realmente contento —Hizo un viraje y aparcó—. Ya hemos llegado.

Otra vez, se movió muy rápido para un hombre tan grande. Unos segundos después de haber parado el SUV ya estaba en su puerta. En ese momento no llovía y el aire estaba silencioso. Pasó un coche y los faros le dieron a él de lleno en la cara.

Ella retuvo el aliento ante la intensidad de su expresión, de las profundas líneas que englobaban unos rasgos sombríos. Había abierto los brazos para bajarla. Ella le puso las manos en los hombros y se inclinó hacia delante. Él también se inclinó. Las narices se tocaron.

Algo en los ojos de él le dijo que estaba a un pelo de… —No me beses —susurró ella.
—No —La voz era baja y áspera—. Cuando empiece a besarte no pararé. Y la primera vez que tengamos sexo será en una cama, no en el asiento delantero de un coche en medio de una calle. Así podremos tomarnos todo el tiempo que queramos.

Alargó aquellas manos tan grandes, la sacó del asiento y la dejó en el suelo sin ningún esfuerzo.

Quedaron allí de pie quietos durante unos instantes, de los amplios robles goteaba agua que caía sobre ellos. Todavía tenía las manos sobre ella abarcándole casi toda la cintura. El corazón de ______ iba a toda velocidad. Debería escandalizarse. Se escandalizó. Por las rudas palabras y por su significado. Debería decir… algo. ¿Algo como… “En tus sueños, tío” o “Que te apuestas”?

Las imágenes que traían aquellas palabras tan rudas —amplios hombros desnudos elevándose, calientes y fuertes, sobre ella, besos febriles y sexo duro y ardiente— la dejaron sin respiración.

El poder y el sexo surgían de ese hombre en olas tangibles completamente invencibles e imparables.

Nunca en su vida había sentido algo parecido. Estaba temblorosa, perdiendo la compostura, como un bebé que está dando sus primeros pasos. Se quedó mirándolo en silencio con la respiración formando nubecillas blancas en el aire frío de la noche y luego se apartó.

—¿Cómo te atreves a decir esto, aunque lo pienses? Dormir conmigo no entra en el alquiler —Le temblaba la voz—. No me acuesto con cualquiera.

Le puso la mano en los riñones cuando abrió el paraguas, grande y negro, sobre su cabeza y empezaron a andar hacia el restaurante.

—No —dijo con voz profunda—. Estoy seguro de que no lo haces.

_____ le echó una rápida mirada a la cara. No mostraba ninguna de esas sonrisas fatuas como la de algunos tipos desagradables cuando estaban intentando ligar. Su expresión era dura, seria y peligrosa. Un soldado que acababa de declarar un objetivo militar.

Vamos a tomar aquella colina. Vamos a tener sexo en una cama.
Era un soldado multi-condecorado. Probablemente por conseguir sus objetivos.
Qué Dios la ayudara. ¿En dónde se había metido?

Cuando llegaron al restaurante _____ lanzó un inconsciente suspiro de alivio, como si hubiera dejado atrás algo más que una tarde fría. Moviéndose en aquellos espacios familiares y elegantes sintió que pisaba terreno seguro, en el que conocía las reglas. Donde podría mantenerse firme. Allí estaba en el siglo XXI en vez de en una cueva donde el vencedor era el hombre con el garrote más grande.

El maître les dio la bienvenida y los acompañó a una mesa en un rincón aislado, uno de los mejores, cerca de la enorme chimenea encendida._____ alzó las cejas. A menudo iba allí con clientes a la hora del almuerzo pero nunca le habían ofrecido este sitio tan selecto. El billete de Joe debía ser uno con mucho poder.

—¿Conoces la comida francesa? —Le preguntó ella cuando abrió el menú con tapas de cuero.
—Sí, algo —Joe se encogió de hombros—. Pero no soy un comilón exigente. Pediré lo que tú pidas —Él se había sentado a su lado en el banco en vez de al otro lado de la mesa y pudo sentir los fuertes músculos del bíceps cuando se encogió de hombros.

______ bajó el menú.

—¿Pedimos entonces “Rognons La Créme Ardennais”?

Joe apoyó los anchos hombros en el respaldo del banco y bufó.

—¿Te crees que retrocedería ante unos riñones con crema? No sabes lo malas que son las raciones de campo. Eso cuando tenemos raciones. Mis hombres y yo nos escondimos una vez en una cueva durante tres semanas y lo único que teníamos para como era una cabra montesa que capturamos. Tuvimos que comérnosla cruda porque no podíamos arriesgarnos a encender un fuego. Nos lo comimos todo, incluyendo los globos oculares. Nos habríamos comido los cascos y la piel si hubiéramos podido.
—Ugh —se estremeció ella delicadamente—. ¿En donde pasó eso?

Él hizo una mueca con la boca.

—En algún sitio mucho más desagradable que éste, eso seguro.
—¿Si me lo dijeras tendrías que matarme? —preguntó ella en broma, enrollando un mechón de cabello que le caía por detrás de la oreja.
—No. Nunca —Él le cogió la mano, con la cara seria—. No hago daño a las mujeres, ______. No podría. Nunca te preocupes por eso —se acercó la mano a la boca y le besó en el dorso—. Pero sí. Es mejor para ti que no lo sepas.

Sintió un hormigueo en la mano, allí donde él la había besado. Eso la sorprendió y la asustó.

El camarero se acercó para colocar ante ellos un platito de entremeses calientes y para tomar nota de lo que querían. Joe hizo el pedido en un francés bastante decente. El hombre estaba lleno de sorpresas. Podía forzar una cerradura, comerse una cabra cruda y hablar francés. Una combinación insólita para un hombre insólito.

—Hablas bastante bien. Tu francés es mejor que mi francés de instituto, eso seguro.
—La marina envió a algunos de nosotros a unos cursos intensivos en Monterrey. Aprender francés y español estuvo bien, pero el farsi y el afgano fueron unas put… er, difíciles de aprender.

No le había liberado la mano. Con el otro bazo colocado a lo largo del respaldo del sofá, la mantenía eficazmente en un abrazo.

_______ aclaró la voz. Tenía la pared en un lado y la pared de su pecho en el otro. Ni siquiera podía ver a los otros comensales. Él llenaba por completo su campo visual, abrumándola.

El parpadeo de la vela lanzaba sombras fascinantes sobre los rasgos duros de su cara. Aunque tenía una barba cerrada iba perfectamente afeitado. Debía haberse afeitado justo antes de salir. No había indicios de un aftershave pero era muy consciente del aroma que desprendía, ropa limpia, cuero y jabón. Y algo indefinible que debía ser… él.

______tosió y se removió inquieta. Él estaba tan cerca que le parecía que no había bastante aire para respirar. Tiró con suavidad de la mano, después más fuerte. Y la mano grande apretó más.

—Si estás intentando que desista, no lo conseguirás —Se inclinó hacia delante aún más y enterró la nariz en su pelo—. Me atraes demasiado para que desista —murmuró—. Hueles muy bien, demasiado bien. Cristo, te deseo —Cuando la mano derecha se movió por el respaldo del sofá hasta rodearle la nuca, ella dio un brinco.
—¿Te asusto?


—Un poco —susurró ella.
—Lástima. Porque no voy a desistir. De ninguna manera —Le estaba acariciando los dedos, jugando con ellos, pasándole la áspera almohadilla de sus propios dedos sobre la piel. Le centelleaban los ojos. Ella todavía no podía adivinar de qué color eran. Él le liberó la mano para acariciarle las mejillas.
—Suave —murmuró Joe—. Tan suave —Uno de los grandes dedos se deslizó por su mandíbula, después bajó por el cuello. Trazó una vena que palpitaba—. Podrías pensar que estás asustada, _______, pero no lo creo. ¿Sabes lo qué creo? ¿Hmmm?

A ella se le había acelerado la respiración, aspirando aire a bocanadas ligeras y rápidas.

—No —Incluso a ella la voz le sonó ronca—. ¿Qué crees?
—Tu piel es tan fina, puedo ver cómo te palpita la sangre en esta vena de aquí.

Movió el dedo seductoramente hacia abajo, le acarició la clavícula y subió por la redondez del pecho. Y luego rodeó el pezón.

—Aquí estás dura, cariño. Es como una piedrecita.

A través de la tira del sostén, a través de la seda de la camisa, las sensaciones fueron muy intensas. Las sintió hasta en los dedos de los pies. Y cuando él pasó rozando el pezón, de aquí para allá, ella sintió —oh, Dios— como se le retorcía el útero, preludio de las palpitaciones de un orgasmo.

—¿Quieres saber lo que creo? Creo que estás… excitada.

Ella miró alrededor salvajemente, esperando anclarse a otra cosa que no fuera Joe Jonas, y su voz, y sus manos. Pero él lo eclipsaba todo y lo único que podía ver era su cara cerniéndose sobre ella, mirándola con tanta atención como cualquier depredador vigilaría a su presa.

Volvió a acariciarle el pezón con el pulgar, observándola. Ella gimió suavemente y se mordió los labios.

—Y yo —Le cogió la mano con fuerza y —oh, Dios— se la puso en la ingle—, también estoy excitado —terminó con un áspero susurro.

El p*@e parecía una barra de acero, pero viva y caliente. Ella comprendió que inconscientemente había intensificado la presión sobre la ingle cuando él cerró los ojos con fuerza y su respiración se transformó en un siseo. El p*@e le saltó bajo la mano y se volvió, de manera imposible, más largo y más duro.

_____, temblando, apartó la mano. La entrelazó con la otra, las puso sobre la mesa y clavó la mirada en ellas. Debería decir algo. Sabía que tenía que decir algo pero no le vino absolutamente nada a la mente.

Esto había sobrepasado todos los límites de su experiencia con los hombres. Había tenido muchas primeras citas y esto estaba totalmente fuera de su experiencia, mucho más allá de lo que consideraba una comunicación normal entre un hombre y una mujer.

¡Si esto ni siquiera era una cita! Deberían estar teniendo una agradable cena de negocios hablando de los detalles del alquiler.

Deberían estar hablando de la decoración de la oficina y de los proyectos para un nuevo sistema de seguridad. Tal vez con algún pequeño coqueteo dentro de una conversación seria y adulta.

Eso estaba permitido. Él era un hombre poderosamente atractivo. Un hombre muy… masculino. Un poco de apacible atracción sexual estaba bien. Un suave flirteo, alguna pequeña ráfaga.
No este vendaval que amenazaba con derribarla.

Él estaba sentado tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Un macho poderoso totalmente excitado que de algún modo tenía la capacidad de hacerla sentir como si estuvieran solos en una cueva en algún sitio en vez de en un restaurante atestado y civilizado.

_______ sabía que en algún sitio, más allá de los extremadamente amplios hombros, había una sala llena de comensales pasándoselo bien, comiendo bien, y teniendo conversaciones normales. Nada de eso llegaba hasta allí. Allí estaban sólo ellos dos, y los dos excitados.
A él se le notaba perfectamente bien.

Ella todavía podía sentir la caricia en el pecho, aunque él hubiera dejado caer la mano. El pezón —ambos pezones en realidad—, estaban doloridos. Le dolía entre los muslos y sabía que estaba mojada. La verdad es que había estado menos excitada que ahora haciendo el amor con otros hombres.

Y el recuerdo táctil del p*@e llenando la mano, caliente y duro como el hierro, haciéndose aún más grande al tocarlo, permanecía todavía allí.

Era tan poco propio de ella. ________ Barron no practicaba el sexo. No como éste. No caliente y duro y tan incontrolado que había acariciado a un hombre en una mesa de un restaurante.

Inspiró profundamente.

—Necesitamos… —Se pasó la lengua por los labios resecos. No pienses en lo que necesitamos—. Necesitamos, um, hablar. Hablar de ese nuevo sistema de seguridad. Y… y de la decoración de la oficina, si quieres que yo me ocupe de ello.
—Bien —El calor de los ojos no había desaparecido y todavía tenía la voz ronca por la excitación—. Hablemos.


Si ella había esperado que él se reclinara hacia atrás y cambiara el lenguaje corporal, se había equivocado. El fuerte antebrazo cayó sobre la mesa delante de ella. Con el otro brazo sobre el respaldo del sofá, estaba todavía rodeada por el macho grande y caliente.

Ella se movió y con el pecho le rozó el brazo. Un músculo de la mandíbula masculina dio un salto.
Se quedó congelada.
Él respiró profundamente.

—De acuerdo, seguridad. Lo primero que tienes que hacer es mejorar el alumbrado exterior del edificio, sobre todo la entrada —La miró con el ceño fruncido—. No me puedo creer que vivas en la zona de Pearl y no te hayas encargado de eso.

_______ frunció el ceño.

—La entrada está alumbrada —protestó. Ella misma había diseñado las luces. Cristal y hierro forjado en forma de tulipán.

La miró con compasión.

—Esferas de cien vatios sobre el portal no son lo que yo llamaría iluminación de seguridad. Esos vatios están totalmente desperdiciados. No necesitas iluminar el cielo. Lo que necesitas es luz donde más necesites ver. Lo que tienes ahora es un resplandor que crea sombras y un gamberro puede ocultarse en ellas y atacarte cuando salgas por la noche para sacar la basura.

Nunca se le hubiera ocurrido mirarlo de esa manera. Y nunca se le ocurriría. Ni en un millón de años. Abrió la boca y la cerró. La volvió a abrir.

—Oh.
—Lo que necesitas —continuó él—, es un metal ligero que no desvíe la luz y no resplandezca. Voy a instalar focos con sensores infrarrojos que se activan sólo cuando alguien pasa por delante de los detectores de seguridad. Es muy efectivo para espantar intrusos.

Ese era un mundo completamente nuevo.

—Oh —dijo ella otra vez—. Vale.

Pero él no había terminado.

—También necesitarás sensores de movimiento y poner un sistema conectado a un temporizador para que suene música cuando estamos fuera del edificio.

Sensores de movimiento. Luces infrarrojas. Detectores.

—No sé —dijo ella ansiosamente—. Todo eso parece caro.
—No te preocupes por ello. Lo que has diseñado para mí lo compensa con creces.
—No lo diseñé para ti expresamente —protestó ella—. Sólo hacía garabatos un día mientras estaba sentada en las habitaciones vacías. Y sentí… —Sentí que tú venías. Contuvo el aliento—. Sentí que sería una buen espacio para un negocio —terminó.
—Es hermoso —dijo él con voz profunda y tranquila.

Ella lo miró alarmada.

—Sólo soy un soldado. Un ex soldado —añadió él con ironía—. Pero no estoy ciego ni estoy muerto. Vi que era exquisito. Y funcional.

Ella sonrió, adulada.

—Gracias. Eso es lo que un buen diseño de interior debe ser. Cuando me expliques algo más de cómo es tu negocio, es muy probable que pueda mejorar lo que has visto.
—Tendrás mucho tiempo para ver cómo funciona mi negocio —La miró con calma—. Viviré y trabajaré al otro lado del vestíbulo.

El pensar en eso le cortó la respiración. Él era una presencia tan poderosa. ¿Cómo diablos iba a poder concentrarse en su trabajo sabiendo que él estaba al otro lado del vestíbulo?

______ cogió el tenedor de postre y empezó a trazar figuras en el mantel de lino.

—Debe haber sido difícil hacer el salto del ejército al mundo de los negocios. Nick mencionó que te habías retirado por una incapacidad.

Ella alzó la vista brevemente. Incapacidad. Era muy difícil asociar la palabra incapacidad con ese hombre. Duro, fuerte, resistente. Parecía que podía conquistar el mundo.

—Mmm —Claro, él no iba a discutir nada relacionado con su lesión—. Es gracioso. Cuando estaba en activo, no podía imaginarme otra clase de vida —Se medio rió—. Mierd… perdón, estoy demasiado acostumbrado a pasar todo el tiempo con hombres, sé que tengo que lavarme la lengua. De todos modos, durante la mayor parte de mi vida ni siquiera sabía que existía otra manera de vivir. Crecí en las bases navales y luego pasé mi vida adulta en la marina. Y, claro, muchas cosas son nuevas para mí. ¿Pero sabes qué? Me hace ilusión esta nueva etapa. Me hace ilusión montar mi negocio, echar raíces, tener una casa —Los ojos claros —¿qué color era aquel? Las luces eran demasiado suaves para adivinarlo— se clavaron en ella—. Eso es gracias a ti. Nunca he viviendo en un sitio como el que has diseñado para mí.

_______ agachó la cabeza. Ya antes había recibido elogios por su trabajo. Incluso le habían dado un premio por el diseño de un pequeño museo. Pero nada, nada, había significado tanto para ella como aquellas tranquilas palabras.

Se aclaró la voz.

—Bien… espera hasta que esté hecho antes de decir eso. Puede que no te guste el resultado.
—Me gustará —La voz profunda hablaba con seguridad—. ¿Nos vamos?

______ asombrada, miró alrededor. Casi no había fuego en la enorme chimenea. La mayor parte de los clientes del restaurante se habían ido. Sólo quedaban unas pocas parejas a la izquierda, sentados muy juntos uno al lado del otro. Amantes. Sólo quedaban los amantes.

—Er… sí.

Bajó la mirada hacia su plato que todavía estaba lleno. Todo lo que ella había hecho era empujar la comida, tomando algún que otro mordisco diminuto. Asombroso. Se había pasado la noche entera en Comme Chez Soi —donde sólo los entremeses costaban 25 dólares, y valían cada penique— y no había comido.

______ se dio toquecitos en los labios con una servilleta, súbitamente nerviosa. Repentinamente, completamente, totalmente consciente del hecho que él iba a llevarla a casa. Llegaría hasta la puerta del edificio, tal vez entraría por la puerta del apartamento y…

Los ojos se encontraron y el corazón le empezó a dar saltos.

—Te llevaré a casa —dijo él con suavidad, ayudándola a levantarse y ofreciéndole la mano.

Él debía tener algunos poderes mágicos o la capacidad de comunicarse telepáticamente porque sin que hiciera ningún signo visible los camareros les trajeron los abrigos y él la llevaba hasta la puerta, con una mano grande y caliente apoyada en la espalda, más rápido de lo que hubiera pensado que era posible.

—Ah, ¿Joe? —Ya estaban en la puerta.
—¿Sí? —Él la miró sonriendo. Fue la primera sonrisa de verdad. Una sonrisa asombrosa. Todavía parecía duro, probablemente nada cambiaría eso, pero la sonrisa le quitó años de encima.

De repente recordó la fecha de nacimiento de los papeles de la baja. Tenía sólo cinco años más que ella. Aunque era probable que fuera mucho más mayor que ella en experiencias de la vida, pero en término de años reales no había mucha diferencia. Él tenía treinta años. Un hombre a esa edad todavía era joven.

—¿No tienes que pagar, o algo por el estilo?

La sonrisa se hizo más amplia, mostrando un surco a cada lado de la boca. En cualquier otra clase de cara serían considerados hoyuelos. En la cara de él, eran… abolladuras.

—No es necesario. Aquí tengo una cuenta de negocios.

Oh. Bien. Eso explicaba el tratamiento especial y la aparición mágica de una mesa libre en un viernes por la noche.

La rodeó para abrir la puerta.

Había empezado a caer aguanieve. ______ se detuvo y se abotonó el abrigo deseando otra vez haber tenido el sentido común de ponerse unas botas. Sus preciosos zapatos Rossitti iban a quedar empapados.

Joe contempló el cielo y le dio a ella el paraguas negro y grande.

—Ten, lleva tú esto.
—Vale —Alarmada, ______ cogió el pesado paraguas, preguntándose como podría protegerlos del agua a los dos si él era bastante más alto. Con un sencillo movimiento él la cogió en brazos.
—¿Qué haces? —gritó ella.
—Asegurarme que no te mojas esos preciosos zapatos. ¿Y bien? ¿Vas a usar ese paraguas para cubrirnos o recogemos agua de lluvia con él?

A oír esto, ______ se dio cuenta que estaba sosteniendo el paraguas al revés. Lo enderezó. La única manera de protegerlos a ambos del aguanieve era tener cogido el paraguas por detrás de su cuello, abrazándole. Tan sólo unos centímetros separaban ambas caras. Y los labios.

Él caminaba sin hacer ruido, llevándola con facilidad. Los alientos se mezclaban condensándose en la fría noche, formando una pequeña nube alrededor de ellos.

La mejilla de ______ rozó la de él al caminar. Este tiempo estaba hecho para resbalar y caerse. Estaba helando y la calle se había llenado de charcos. Si ella hubiera tenido que recorrer la distancia caminando, lo habría hecho moviéndose con cuidado y mirándose los pies.

Él no. Él no tenía ningún problema. Incluso llevándola, incluso sin poder verse los pies, tenía un paso estable y seguro, como si estuviera paseando en un cálida tarde de primavera.

Los brazos de ________ lo rodeaban. Al principio había intentado no tocarle, pero el paraguas era pesado y se zarandeaba con el viento. Sólo era capaz de mantenerlo estable apoyándole el brazo en la espalda. Era una posición perfecta para sentir como el conjunto de músculos de sus fuertes hombros se movía al llevarla.

El aliento de él le calentaba la mejilla. Olía a vino y chocolate, embriagador y caliente. Caliente. El calor de su cuerpo le traspasaba el abrigo. Tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la respiración estable, clavando la mirada sobre su hombro a la nada.

Se detuvieron y ella giró la cabeza y quedaron prácticamente nariz con nariz. Estaba tan cerca que podía ver rasgos que no había notado antes. Él tenía una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda, levantándola en una V invertida y dándole la apariencia de un diablo. Se había roto la nariz una vez, tal vez dos, y una cicatriz muy fina y blanca iba desde el oído hasta la barbilla, acabando justo bajo la mandíbula, como si alguien hubiera ido a por la yugular y hubiera sido detenido a tiempo.

Quién sabe qué otras cicatrices tenía en su… cuerpo.
Empezó a tener mucho calor.

Oh, Dios, piensa en alguna otra cosa, en cualquier cosa. Piensa en la nevisca y en la cena y tal vez en la cicatriz de la ceja, pero no en las del cuerpo. No mientras él la llevaba entre sus brazos, no mientras podía sentirle, sentir el cuerpo caliente a través de quién sabía cuántas capas de ropa.

Ya había sido bastante malo preguntarse sobre aquel cuerpo después de que él se hubiera ido, cuando el mero pensamiento de él desnudo había transformado sus piernas en gelatina. Era mucho más fácil imaginarlo desnudo ahora que la llevaba en brazos.

Él giró ligeramente la cabeza y ¡zas! Sus ojos en encontraron y ella sabía —lo sabía seguro— que Joe le leía los pensamientos. Peor incluso, lo que estaba sintiendo. Y él le había tocado el pecho, y le había tocado el pezón.

Él lo sabía.

Ella dejó de respirar.

Se miraron fijamente el uno al otro durante un segundo. Él bajó la cabeza y los sentidos de ella se dispararon con la alarma roja y el corazón le empezó a dar saltos, pero él sólo agarró la manilla de la puerta.

—Allá vas —dijo con suavidad y la colocó en el asiento del copiloto. Unos instantes después él estaba ya en el coche y lo ponía en marcha.

El agua nieve se convirtió en nieve acumulándose en el parabrisas mientras circulaban por la ciudad. ______ esperó a que el latido del corazón se tranquilizase intentando no mirarle. Pero eso era imposible.

El duro perfil apareció, desapareció y volvió a aparecer según iban pasando con rapidez las luces de la calle.

No había nada de lo que se pudiera hablar. La atmósfera en la cabina estaba tan cargada sexualmente que no había nada que pudiera decir que no traicionara su agitación. La voz le temblaría si abriera la boca. Incluso la respiración era errática.

Al final lo mejor era no decir nada y observarlo mientras él luchaba con facilidad contra el clima que cada vez era peor. Observarlo era fascinante. Ella estaría sudando si tuviera que atravesar la ciudad con este clima, pero él estaba tranquilo y eso la relajó, manos grandes que maniobraban el volante con facilidad, movimientos suaves, pero controlados.

Tal vez en la marina enseñaban a conducir por el aguanieve y por la nieve. Tal vez había ganado una medalla por eso

Aparcó ante la corta acera que llevaba a la entrada. La nieve se estaba acumulando sobre la cerca de hierro forjado.

La nieve amortiguó todos los sonidos. Cuando él abrió la puerta y la cogió, fue como si todo el mundo hubiera enmudecido para que ella pudiera reclinarse entre sus brazos.

Enlazar las manos detrás de su cuello parecía ya a estas alturas un hábito muy arraigado.

—No tienes que llevarme —protestó ella—. Son sólo unos pasos.

Un músculo le bailó en la mandíbula cuando bajó los ojos para mirarla.

—Encantado de hacerlo, y mis brazos te dan la bienvenida.

El viaje desde el Yukon hasta la puerta de la calle duró lo de siempre. Unos segundos.

La dejó en el suelo al llegar a la entrada manteniendo alrededor de ella uno de los grandes brazos y extendiendo la otra mano.

—Ahora es un buen momento para darme la copia de la llave. Y darme el código de seguridad.
—Oh, por supuesto —_______ inclinó la cabeza para rebuscar en el bolso—. Siete dos cuatro seis uno tres nueve. ¿Lo ves? Lo he memorizado.
—Buena chica —Cogió la llave que ella le ofrecía, pulsó el código y abrió la puerta.

Por lo general, ______ se olvidaba de los peligros de Rose Street una vez había traspasado la puerta y se relajaba en el ambiente cálido y acogedor que había creado. Pero ahora estaba tensa, todavía con un brazo de Joe Jonas rodeándola y temblando por lo que ella se dijo que era frío.

—Apaga la alarma —dijo él. Las manos le temblaban cuando pulsó el código. Sólo estaban encendidas las luces del vestíbulo cuando lo cruzaron. De nuevo él caminaba sin hacer ningún ruido. El único sonido era el de sus propios zapatos que taconeaban nerviosamente al mismo compás que su corazón.

El vestíbulo no era largo. Antes de que pudiera reagrupar sus sentidos estaban ante su puerta. Buscó en el bolso y sacó una llave, apretándola tanto que los bordes dentados le hicieron un corte en la palma de la mano.

______ se giró ligeramente y lo miró.

Y otra vez sus ojos se encontraron. Y quedaron mirándose.

Ella era muy consciente del hecho de que estaban los dos completamente solos en el edificio.

Iba a besarla. Estaba allí, en su lenguaje corporal, en el destello de los ojos, en la tensión de la piel de los pómulos repentinamente sonrojados.

Y ella quería que la besara. El cuerpo le decía claramente lo que quería. Tenía la respiración rápida y poco profunda. Los pechos estaban hinchados y le dolían, los pezones dolorosamente erectos, y sintió un hormigueo entre los muslos. Él lo sabía, esos ojos oscuros lo veían todo, lo notaban todo.

Cuando Joe alzó los brazos se le erizaron los cabellos de la nuca. Pero en vez de abrazarla con fuerza apoyó las grandes palmas de la mano en la pared, una a cada lado de su cabeza y continuó mirándola.

Ninguno de los dos habló. Joe bajó la cabeza despacio, observándola fijamente con una mirada tan intensa que al final ella tuvo que cerrar los ojos cuando los labios se unieron.

Suave. Tenía los labios tan suaves, pensó ella flotando. Todos los rasgos de su cara parecían tan duros y fríos, pero sus labios eran tan cálidos y suaves. Despacio, despacio, deslizó los labios por los de ella, manteniendo vivo el fuego. Tenía un sabor tan delicioso, a chocolate y a hombre y, de modo intrigante, al vino que habían bebido para cenar.

¿Era por eso que la cabeza le daba vueltas? Abrió un poco la boca y la lengua de él se deslizó por sus labios y ella los abrió aún más, impaciente por saborearlo mejor. Él apartó un poco los labios, luego volvió a bajarlos, todavía muy suavemente. La luz que _____veía a través de los párpados cerrados se volvió dorada cuando echó ligeramente la cabeza hacia atrás. Sólo lo justo para ofrecerle aún más la boca.

Él le besó las comisuras y ella no pudo evitar esbozar una leve sonrisa. ¿Quién hubiera pensado que el muy malo Joe Jonas, soldado, comando, resultaría ser un hombre que besaba con tanta suavidad? La sangre ya no le palpitaba en las venas por la anticipación y los nervios habían dejado de chisporrotear. Ahora le recorría el cuerpo como miel caliente.

Lo agarró con firmeza por las solapas del abrigo necesitando apoyarse en algo, anclarse a sí misma. Sintió el material suave y caliente bajo las yemas de los dedos. Igual que su boca.

Esa boca que se movía despacio sobre la suya, el único punto donde la piel tocaba piel. Él chupó, succionó con suavidad y ella lo besó lánguidamente. Suspiró en una neblina de placer y abrió aún más los labios. La suave caricia de la lengua masculina en su propia lengua la electrificó, enviándole olas de placer a todo el cuerpo.

Perezosamente, _______ abrió los ojos esperando verlo tan soñador como ella. Dio un brinco cuando le vio la expresión.

Ni soñadora, ni tierna. Su rostro era duro, de depredador, los labios estaban húmedos. Un músculo se le movía en el pómulo izquierdo. Los ojos le brillaban con intensidad y, sobresaltada, se dio cuenta de qué color eran. De color bronce.

La feroz intensidad de su mirada, tan fuerte que era como si la tocara con las manos, hizo que girara la cabeza hacia un lado sólo para volver a sobresaltarse. Las grandes manos crispadas contra la pared se habían puesto blancas. Él movió la mano y el polvillo del ladrillo flotó hacia el suelo.

Apretaba con tanta fuerza la pared que no hubiera sido raro que la agujereara.

______ volvió a girar la cabeza y lo miró. Nunca se había encontrado con nada igual a esto, igual a él. Cada célula del cuerpo le latía llena de vida.

Aquel beso había sido tierno pero había visto con sus propios ojos lo que le costaba a él besarla de ese modo. Aquel poderoso control la excitó mucho más que cualquiera de los besos que le habían dado otros hombres.

Podía sentir el calor del cuerpo masculino entrando en ella a oleadas y abrumándola. Nunca le había pasado algo así.

A ella le gustaba besar —¿a qué mujer no le gustaba?— pero era un pequeño placer, como una buena comida o un vestido nuevo. Un beso nunca le había puesto el mundo al revés.

Si un beso suave, en el que apenas se rozaban los labios, una leve caricia de las lenguas, la tenía ardiendo de deseo, ¿cómo sería que la abrazara con fuerza mientras le devoraba la boca? Ya la había abrazado con fuerza antes brevemente aunque fue tiempo suficiente para sentir el poder de su cuerpo. También la había besado con suavidad.

Ella quería tener —tenía que tener— ambas cosas al mismo tiempo. Tenía que saber cómo era besarlo y abrazarlo a la vez. Quería sentir el poderoso pecho contra sus senos, quería arquearse contra él, rozarse contra él.

En el restaurante, una breve y ligera caricia en los pezones le había enviado ondas de choque por todo el cuerpo. Rozarse con fuerza contra el pecho de él podría hacer que el dolor desapareciera. Esto era un grado de pasión que no hubiera imaginado que su cuerpo pudiera sentir. Quería más. Como un drogadicto necesitando una dosis, se puso de puntillas, lo besó en la boca y cerró los ojos.

Él la había excitado en el restaurante. Todo él la excitaba. Su tamaño, aquel aire de peligro, el que pudiera… alterarla completamente. Cuando con la enorme mano le había tocado el pecho, ella casi había dado un salto en la silla.


Quería más.

A veces se besaba con una cita al despedirse en la puerta. Muy pocos hombres lo habían hecho dentro al tomar una copa y menos aún en su dormitorio.

Fuera, en la puerta, era un sitio agradable para despedirse de un hombre con un beso y si te gustaba podías ir un poco más lejos. Y si no te gustaba le susurrabas sólo “buenas noches” y te deslizabas hacia dentro y le cerrabas la puerta.

Un beso de despedida decía mucho de un hombre y de cómo reaccionaba ella ante ese hombre. Una forma segura de tantear el terreno.
Aunque nada sobre Joe Jonas le parecía seguro.

Quería que la besara con fuerza. ¿Cómo sería sentir toda aquella fuerza, todo el poder, toda la energía masculina enfocada en ella, su fuerte cuerpo abrazándola?

Tenía que averiguarlo. Quería que volviera a besarla. Como antes, pero más duro, más profundo. Aún de puntillas y con los ojos cerrados, volvió a besarlo otra vez. Sacó la lengua para acariciarle los labios y gimió, un gemido profundo en la garganta.

Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Como un ciclón...


HAY QUE LEERSE ESTE CAP Y LUEGO DEBAJO VIENE EL OTRO COMO HEDICHO DOS CAPITULOS Y OS LOS VOY A DAR




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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Jue Ago 26, 2010 9:30 pm

HE VISTO UE ES MUCHO ASIQUE OS DEJO SOLO ESTO

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Miér Sep 01, 2010 8:44 pm

la sigoooooo?????????????????????

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por nikifriky el Miér Sep 08, 2010 12:18 pm

me encantaaaaaaaaaaa

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por nikifriky el Miér Sep 08, 2010 12:19 pm

Vamos siguela esta super...

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Miér Sep 08, 2010 9:39 pm

En un segundo la tuvo contra la pared, inmovilizándola allí con el enorme cuerpo. Se apoderó de su boca con dureza y le metió la lengua hasta el fondo. En un segundo le quitó el abrigo y lo tiró al suelo y con un solo movimiento, como si tuviera un cuchillo, le pasó la mano por la parte delantera, de arriba a abajo.

Oyó como los botones de perlas caían al suelo y un sonido de algo que se rasgaba y luego sus pechos estuvieron libres. Lo supo porque él la levantó y con la boca le aferró el pezón y succiono, con fuerza.

El placer fue tan intenso que casi fue dolor y soltó un grito agudo.

Él la sostenía bastante alto para que su montículo quedara al nivel del miembro erecto. Con la espalda apretada contra la pared no tenía posibilidad de escape.

El hombre estaba duro como el acero y se movía atrás y adelante, frotando el miembro sobre ella. Una mano dura la cogió por las nalgas y le inclinó la pelvis hacia delante hasta que él pudo colocarse entre los pliegues de su sexo y ella lo montó. Si no hubiera sido por la ropa de ambos, el miembro hubiera estado dentro de ella.

Él se movió un poco y lamió el camino que llevaba al otro pecho. Tenía la boca caliente, ávida. Llegó hasta el pezón y succiono de nuevo. Sintió frío en el pecho abandonado, todavía mojado por su boca, y tembló.

_________ no tuvo tiempo de sobresaltarse o reaccionar de alguna manera. Demasiado tarde recordó las palabras rudas dichas fuera del restaurante: “Cuando empiece a besarte, no seré capaz de parar”.

Abrió la boca para decirle que parara. Seguro que podía decirle que parara.

Esto era una locura.

Dado el tipo de hombre que era Joe Jonas, ella se había preparado para un beso muy intenso, pero no había esperado esto.

Tienes que parar. ¿Había dicho las palabras en voz alta, o sólo las había pensado?

¿Y cómo podía pedirle que parara cuando lo que él estaba haciendo era tan fantástico, tan sumamente erótico que la mente le había dejado de funcionar?

Quería más.

Él levantó la cabeza, como si hubiera oído sus palabras tácitas y la había izado aún más arriba, hasta que ambas caras estuvieron casi al mismo nivel.

¿Cómo pudo pensar ella en algún momento que los labios de él eran suaves? No había absolutamente nada suave en su cara. Sus rasgos parecían esculpidos en piedra, excepto por las ventanas de la nariz que se ensanchaban cada vez que respiraba. Se quedaron los dos mirándose mutuamente.

Esto era una locura. Tenía que parar. Ella clavó la mirada en los ojos de bronce y abrió la boca para decirlo. Él bajó la cabeza otra vez atrapándole la boca. Movió la ingle con fuerza contra su montículo, rítmicamente, y ella se olvidó de todo, incluso de su nombre. Todo lo que sabía, todo lo que era, estaba concentrado entre sus muslos.

Un relámpago de calor onduló hacia arriba, envolviéndola. Gritó, y el salvaje grito hizo eco en el vestíbulo. Y de repente estaba cerca del orgasmo, tan cerca… cerró los ojos, cada sentido concentrado bajo el vientre, en el fuego entre las piernas, un segundo más y explotaría.

—Así no —gruñó Joe—. Quiero estar dentro de ti.

Sosteniéndola con una mano grande, la rodeó con la otra para abrir la cremallera de la falda, y se la bajó hasta quitársela, luego fue subiendo la mano rozándole la pierna hasta que encontró el borde de las medias y gruñó de satisfacción cuando se dio cuenta de que llegaban hasta lo alto del muslo. La mano continuó hacia arriba y con un fuerte tirón le arrancó las bragas.

La enorme mano se movió entre los dos y ella se quedó sin aliento cuando sintió el roce. Estaba justo al borde.

Él se liberó a sí mismo y un segundo más tarde la penetró.

________ gritó, el sonido que retumbó en el vestíbulo fue alto y salvaje. La taladró con la mirada. Un músculo del pómulo empezó a palpitar. El cálido aliento de él le calentó la cara.

Esto era tan increíble, tan extremadamente erótico. Excepto por las medias, estaba desnuda, completamente abierta a él. Y él estaba totalmente vestido, excepto donde estaba sepultado en ella. Los pechos desnudos rozaban el abrigo, todavía mojado y frío del exterior, casi tan excitante como su boca.

A Joe se le tensaron los músculos de la mandíbula y todavía inmovilizándola con la mirada la penetró con más fuerza, más profundo y, sin más, ella explotó, temblando salvajemente por la fuerza del orgasmo, estremeciéndose y gritando, palpitando alrededor de él.

Él entonces se movió con fuerza, cómo si le hubieran liberado de alguna obligación y empezó un duro vaivén dentro de ella. Era tan grande y tan rudo que supo que le habría hecho daño si no estuviera tan completamente excitada.

La noche entera había sido una forma de estimulación sexual, un paso para llegar hasta aquí, hasta este coito salvaje contra una pared. Latiendo, temblando, estremeciéndose, la explosión parecía no acabar, hasta que él dio un grito, se puso imposiblemente más grande y más duro dentro de ella y explotó a su vez.

La agarró tan fuerte que estuvo segura que le saldrían marcas.

La respiración de los dos era tan fuerte que se oía en el vestíbulo vacío. Aquella enorme cabeza quedó colgando sobre el hombro de ella. El amplio pecho subió y bajo y la fricción del abrigo contra los pezones siguió excitando su cuerpo. Su cuerpo traidor, traidor.

¿Qué había hecho?


La cabeza de _________ fue reclinándose lentamente hacia atrás hasta dar con la pared. Joe se apoyó en ella tan pesadamente que sentía en la espalda todos y cada uno de los ladrillos. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero la voz le quedó estrangulada en la garganta.

Él levantó la cabeza.

—_______ —empezó a decir.

Oh, Dios, oh, Dios, no podía tratar con esto. De ningún modo.

Lo que fuera que estuviera a punto de decir — “Eh, pequeña, ha estado genial, ya lo haremos otra vez en alguna ocasión” . O peor, “Ha estado bien, pero vamos a fingir que nunca ha pasado”— ella estaría perdida. Lo que fuera que él dijese, ella no podía enfrentarse ahora a ello. Su comportamiento había estado tan lejos de lo que en ella era habitual que no tenía ningún instrumento, ningún modo de hacerle frente.

—___________ —volvió a decir él y no podía adivinarse si en la profunda voz había pesar, satisfacción o deseo —todavía estaba dentro de ella, duro—, pero a fin de cuentas eso no cambiaba nada. Lo que empeoraba las cosas era que no tenía ni idea de lo que él iba a decir.

_________ no sabía cuál sería su reacción porque no le conocía en absoluto. Sólo lo conocía desde esta mañana.

Él era un completo desconocido.

Al que acababa de dejarle tener un sexo explosivo con ella contra una pared. ¿Dejarle? Prácticamente se lo había suplicado.

Tenía que salir de allí, rápido.

Dejó caer las piernas y le empujó por el pecho, con fuerza.

Joe alzó la cabeza y retrocedió apenas un par de centímetros.

—¿Estás bien? —empezó a decir y ella se deslizó hacia abajo. No podía contestarle, simplemente no podía.

Milagrosamente tenía todavía la llave en la mano. Él, con una mano, se apoyaba con firmeza en la pared, respirando con fuerza, con la cabeza girada hacia ella, mirándola.

Una torsión de muñeca y pudo resbalar por la puerta abierta y cerrarla tras ella. Se apoyó allí, jadeando y con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Eh! —La voz profunda hizo que le vibrara el estómago y luego otra vibración —su puño— en la puerta.

—¡_________! ¡________! ¡Abre!

Menos mal que había usado madera de buena calidad para aquellas puertas.

—¡________! —bramó él—. ¡Déjame entrar!

Probó a mover las piernas. Por un instante pensó que no soportarían su peso. Tenía las piernas doloridas por haber estado tan abiertas y sobre todo el interior de los muslos por las acometidas duras y bruscas del hombre.

Dio un paso con cautela, agradecida de poder sostenerse en pie. Al pasar ante un espejo se detuvo paralizada por lo que vio. Sus ojos se abrieron asombrados.

Desnuda, excepto por las finísimas medias negras que le llegaban hasta lo más alto del muslo y los tacones, el pelo ondeando salvajemente alrededor de la cara, el rimel corrido y los labios hinchados y enrojecidos, se parecía a las que salían en la revista de contactos Gatitas Sexuales.

Otro ruido sordo hizo que la puerta se estremeciera en su marco.

—¡________! ¡Dime que estás bien o entraré! Te voy a dar tres segundos. Uno…

Ella tembló sobresaltada. ¿Bien?

¿Cómo iba a decirle que estaba bien?
—¡Dos!

Acababa de tener sexo salvaje. Con un desconocido. Contra una pared. Y había tenido el orgasmo más explosivo de su vida.

—¡Tres! —Sonidos metálicos. Estaba forzando la cerradura.

—Estoy… —La garganta tensa apenas podía hacer un sonido. Tosió—. Estoy bien. Estoy, um, bien —Respiró profundamente y alzó la voz—. Estoy bien. Ahora vete.

Ese, desde luego, era el momento de Scarlett O’Hara, decidió ella mientras iba hacia el cuarto de baño. Ya pensaría en todo esto mañana.

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por nikifriky el Sáb Sep 11, 2010 5:37 pm

me enacanta la novela.... AHHHHHHHHHH JOE ES GENIAL

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Dom Sep 26, 2010 2:43 pm

¡Maldición!

Joe se quedó allí de pie con el puño levantado. Lo bajó y luego apoyó la frente en la puerta.

Lo que le puso en una posición en que miraba hacia abajo y se vio a sí mismo, mojado por la corrida, ferozmente empalmado y tan duro que lo podría haber usado para derribar la puerta. Todavía la deseaba, con ferocidad, pero lo había hecho todo mal.

Había estado llevándolo tan bien, esforzándose tanto para besarla con suavidad. El beso de un perfecto caballero, aunque le había costado lo que parecían las reservas de control de todo un año. Y entonces ella había gemido, se había movido y él… estuvo perdido.

Las ropas de ________ estaban amontonadas en el suelo. El abrigo, la preciosa blusa con todos los botones arrancados, la falda, el sostén rasgado y las bragas rotas. Se inclinó, recogió las prendas y las colgó, una por una, en el pomo de la puerta. Luego se cerró la cremallera, estremeciéndose.

Había perdido la batalla esta noche.

Pero no la guerra.

Capítulo 4




Finalmente a las siete de la mañana siguiente, _______ olvidó cualquier intento de dormir. Se había pasado la noche dando vueltas en la cama, enfadada y avergonzada de su comportamiento y aún más enfadada y avergonzada porque sus recuerdos casi prendían fuego de lo calientes que eran.

Intentó borrar a Joe Jonas de su mente y casi lo consiguió, pero cuerpo seguía recordándolo.

Durante toda la noche estuvo rugiendo con vida propia el fantasma de aquella boca en la suya, el recuerdo de los dedos firmes agarrándola con fuerza por el trasero, aquel cuerpo empujando con ímpetu dentro de ella. Todas aquellas sensaciones volvían a recorrerle el cuerpo con tanta intensidad como la primera vez.

No, dormir no había sido una opción.
Se levantó y fue a descorrer las cortinas.

Todavía estaba oscuro fuera. Aunque ahora no llovía, debía haberlo hecho toda la noche porque la nieve se había derretido dejando enormes charcos en medio de la calle llena de baches.

De golpe, las farolas de la calle que no estaban rotas dejaron de parpadear. Pudo ver como un coche cruzaba Stuart Street y vio también las columnas que enmarcaban la puerta del St. Regis, un edificio de principios del siglo pasado que ahora era una pensión de mala muerte para los borrachos de la zona y un lugar de “alquiler por hora” para hombres lo bastante desesperados para pagar quince dólares por una hora con las prostitutas entradas en años que ejercían en la esquina de Lucern.
Si podía ver el St. Regis, eso significaba que estaba amaneciendo.

Ya era “mañana”, el día que iba a verse las caras con el cliente más difícil que había tenido nunca, Marissa Carson, y —eso era peor— establecer algún tipo de relación con el nuevo inquilino que no —absolutamente no— incluyera el sexo.

Podía hacerlo. Seguro que podía.

Había trabajado mucho para diseñar una casa para la señora Carson, la Cliente del Infierno, que cambiaba de idea a cada minuto. En la reunión programada para hoy con la señora Imposible, iba a mantener la calma sin importar cuantos ajustes le hiciera hacer la mimada y rica matrona.

Y podría enfrentarse a Joseph Jonas en El Día Siguiente como una adulta y poner la relación en una base propietaria/inquilino, apartando completamente el sexo salvaje que hacía que se pusiera caliente solo de pensarlo.

Seguro que podía. Segurísimo.

Pasó delante del espejo al ir al cuarto de baño y se estremeció ante la imagen. El pelo ondeando salvajemente alrededor de la cara y los ojos enmarcados con círculos oscuros. Tenía un chupón en el cuello. Un cepillo redondo y un secador se encargarían del “pelo después del sexo” y Erace cuidaría de los ojos y la cara. Pero nada iba a ayudar a los labios todavía hinchados y a la mirada de “me acabo de levantar después de una noche ardiente”. Sólo lo haría mucho tiempo y espacio entre ella y Joe Jonas.

Primero una ducha y un buen acicalamiento. En algún momento tendría que enfrentarse al guerrero y necesitaba alguna poderosa arma femenina a su favor.

Una hora más tarde estaba de pie parada tras la puerta de su oficina, vestida, bien engalanada y perfumada, pareciéndose más a su antigua yo. _______ Barron, serena, tranquila, una seria decoradora de interiores cuya idea de la excitación era combinar una manta escocesa con rayas. Y no ________ Barron, una mujer sexy fuera de control.

Ahora era perfectamente capaz de enfrentarse a Joseph Jonas, pero de todas formas puso el oído en la puerta. No es que intentara esquivarlo ni nada de eso, pero las ocho era aún demasiado pronto para empezar a instalarse en una oficina nueva, ¿verdad? Él le había dicho que su antigua oficina estaba en Pioneer Square, y eso no estaba cerca. Probablemente empezaría llegaría para hacer el traslado a eso de la diez, la hora en que ella tenía una cita con Todd Armstrong, posible socio, y antes tenía que encontrarse con una nueva diseñadora de telas que le enseñaría unas muestras, así que estaría ocupada toda la mañana. Y Marissa Carson le ocuparía toda la tarde, o sea, que no volvería a casa hasta la noche.

Tal vez no vería a Joe hasta mañana. Mañana sería mejor. Oh, sí. Mañana estaría descansada y se sentiría normal y no como si fuera a morirse de miedo.

Sí, hablaría con Joe mañana.

Se le relajaron los hombres al pensarlo mientras ponía otra vez el oído en la puerta para ver si se oía algo. Escuchó durante otro minuto el completo silencio al otro lado de la puerta y con un suspiro de alivio la abrió. Y se quedó congelada.

La puerta del apartamento para alquilar estaba abierta de par en par y la gran habitación al otro lado del vestíbulo ya tenía montones de cajas apiladas, lo que hacía que pareciera un depósito de material electrónico. Cuatro hombres grandes —cuatro hombres muy grandes— marchaban en fila india con grandes cajas apoyadas sobre un hombro. Los seguía Joe llevando la pantalla de un ordenador, una de esas pantallas planas de lujo.

Ninguno de ellos hacía ni un ruido. Ni siquiera se oía un susurro.

Joe inmediatamente avanzó, invadiendo su espacio personal. La intimidad del amante. Ella dio un paso atrás, alarmada.

Esa, se suponía, era una señal para que él se echara atrás pero no hizo ni caso. Ella siguió retrocediendo y él siguió avanzando hasta que la espalda de __________ dio contra la pared. Cerró los ojos un segundo, recordando aquella pared. Lo que él le había hecho contra aquella pared. Cuánto le había gustado mientras él se lo hacía y cuánto esperaba que no volviera a pasar.

Con una vez bastaba.

Cerrar los ojos no ayudó mucho porque podía olerlo. La lluvia, el cuero y el hombre, un olor que siempre estaría grabado a fuego en los recovecos más profundos de su cerebro, la parte animal, de elefante, del cerebro que nunca, nunca olvida. Aquel olor estaría asociado para siempre a la clase de sexo salvaje que ninguna mujer debería tener jamás para su tranquilidad mental. Aquel olor la envolvió y todo su cuerpo se puso a temblar.

—Mírame, háblame. ¿Estás bien? —La voz de JoE era áspera, con la mano le dio un par de sacudidas como si ella se hubiera dormido—. ¿Te hice daño anoche?

Ella, de golpe, abrió muchos los ojos. Si respirara profundamente le tocaría el pecho con los senos. Puso la mano en la chaqueta de cuero. Estaba mojada del exterior. Empujó un poco y él dio un paso atrás lo suficientemente grande como para que ella se sintiera un poco menos… invadida.

—Claro que estoy bien —Se mordió los labios—. Estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo?

—Porque fui rudo y tú estabas muy apretada.

Ella parpadeó, las duras palabras le trajeron recuerdos a los que no pudo hacer frente.

—No, um, no, estoy bien. No te preocupes. Estoy… bien. Muy bien. No te preocupes, estaba… estoy… —Si volvía a decir bien, se pondría a gritar. Él la miraba fijamente. ¿Cómo tratar con este hombre? No tenía ni idea y empezó a andar con decisión hacia la puerta esperando hacer una rápida escapada. Él se puso a su lado adaptándose a su paso.

Eso no era en absoluto como el guión que ella se había hecho mentalmente —aquel en que ellos se decían hola con educación, como estás, se deseaban una jornada provechosa y seguían cada uno por su lado—, aunque se pareciera muchísimo a un guión de Joe Jonas. En donde ella perdía los papeles constantemente.

—Ayer no usé un preservativo —dijo él y ella se detuvo y volvió a cerrar los ojos.

Recordó la sensación de él, fuerte y caliente dentro de ella, explotando. Después la humedad inconfundible.

Los muslos empezaron a temblarle. Podría estar intentando borrar los recuerdos del sexo duro y apasionado de la mente, pero el cuerpo —maldito traidor— recordaba. Oh, cómo lo recordaba.

—No —dijo ella ente dientes—, no lo hiciste.

—Nunca me había pasado. Siempre tengo cuidado. Te lo habría dicho enseguida anoche si te hubieras quedado en vez de encerrarte en tu apartamento para evitarme.

_______ se mordió los labios y no dijo nada.

—En la marina nos hacían chequeos constantes y nunca tuve ningún problema. Y de cualquier manera tengo un tipo de sangre muy raro —continuó él—, dono sangre cada tres meses y cada vez me hacen un análisis. Estoy limpio y no he tenido relaciones sexuales en seis meses, así que no hay posibilidad de que te haya contagiado nada.

Ella abrió la boca y luego la cerró. ¿Dónde estaba la puerta más próxima para darse con ella golpes en la cabeza? No había pensado en enfermedades, ni una sola vez. ¿Es que estaba loca, en los tiempos que corrían? Desde luego, este hombre le hacía perder la cabeza.

—Yo estoy… bien, también.

—Sí, tú seguramente lo estás —dijo él con voz baja y ronca, y un deje de… algo en la voz. ¿Era un leve acento del sur?—. Excepto tal vez aquí.

Extendió una mano grande y le tocó con mucho cuidado el cuello, allí donde le había hecho un chupón.

—Me gustaría decirte que lo siento, pero no sería verdad. No siento nada de todo esto —Le acarició el cuello mientras ella intentaba con mucha, mucha fuerza, no temblar de placer. Después él dejó caer la mano.

Eso en cuanto al maquillaje, pensó ella. Ya había llegado a la puerta principal y tenía la mano en el picaporte. El bendito respiro estaba al otro lado y miró el pomo con ansia.

Joe apoyó una enorme palma en la puerta, manteniéndola cerrada.

—Quiero saber al segundo si se te atrasa el periodo —Lo dijo con tal tono de mando que ella instintivamente casi contestó: Señor, sí, señor.

Al menos podía responder algo a esto.

—Oh, no, um, yo tuve algunos… problemas. Yo no era… —________ inspiró profundamente e intentó reunir los pensamientos y los pocos fragmentos de dignidad que le quedaban—. Tomo la píldora —dijo finalmente—. Así que no hay problema.

—¿La píldora? Jesús —Una lenta sonrisa iluminó sus duros rasgos—. Esas son muy buenas noticias, la próxima vez que tengamos sexo, podré volver a correrme dentro de ti.

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Lun Ene 03, 2011 10:24 pm

Nenas ¿es que no os gustan las noves que os pongo? Porque esta es como león y puma ,no comentais ,enserio yo ya no se que creer decirme la verdad ¿¿¿¿os gustan????

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Vie Ene 13, 2012 8:55 pm

No habrá una próxima vez. Tenía las incisivas palabras en la punta de la lengua cuando oyó fuera el pito de un coche tocando la bocina con impaciencia. Le echó una mirada al reloj y dijo:

—Es mi taxi. Tengo que irme.

—¿Taxi? —La sonrisa desapareció, borrada instantáneamente—. ¿Qué taxi? ¿Por qué coges un taxi? ¿Qué le pasa a tu coche?

Buena pregunta.________ suspiró.

—No lo sé. Está en el taller. Hacía esos… esos ruidos jadeantes y se calaba en los semáforos. Mi coche es un verdadero cacharro y siempre está en el taller. Lo llevé ayer y ellos me dijeron que seguramente estaría listo esta tarde.

—Se ahoga y se cala. Parece problema del carburador. ¿Quiénes son “ellos”?

—Los del taller. El dueño, que es realmente desagradable, se llama Murphy —Sólo pronunciando el nombre ya se ponía de mal humor. Sucio Murphy era un patán perezoso, grande y gordo, que usaba su tamaño para intimidarla y hacer que se gastara una fortuna cada vez que su coche se deshacía. Que era muy a menudo.

El taxista puso la mano en la bocina y la mantuvo allí.

________ tiró inútilmente del pomo de la puerta.

—Ahora me tengo que ir.

Joe la miraba frunciendo el ceño con la enorme mano todavía en la puerta. Ella suspiró.

—Joe, de verdad tengo que irme ya o llegaré tarde a una cita de negocios.

—¿Cuál es el nombre del garaje?

—¿Y por qué demonios quieres saberlo? —El ceño fruncido de él se acentuó y ella levantó las manos rindiéndose—. De acuerdo, de acuerdo, es Alquiler y Reparaciones Murphy. Entre la Catorce y Burnside.

—Dame las llaves del coche. Me aseguraré de que lo tengas hoy y también de que han hecho una reparación decente. Éste no es clima para conducir con un carburador en mal estado —Quitó la mano de la puerta y extendió la mano hacia ella con la palma hacia arriba—. Te aparcaré el coche delante.

________ vaciló, pero la verdad era que tenía ante ella un día muy ocupado y le iría muy bien si alguien fuera a recogerle el coche. Y tal vez Sucio Murphy no intentaría liar a Joecon misteriosos detalles mecánicos en una tentativa de engañarla, que era lo que hacía normalmente. Seguro que no intentaría intimidar a Joe.

No y seguir vivo.

Una cosa que ella había aprendido, cuando se trataba de coches, es que todavía era un mundo casi exclusivamente de hombres. Si Joe aparecía, era muy probable que Murphy le hiciera un buen descuento. Tal vez la trataría mejor en el futuro si creía que ella tenía algunos músculos que la respaldaban.

—Vale —Rebuscó en su bolso y dejó caer las llaves en la mano extendida—. Dile a Murphy que iré mañana a pagar. Y gracias —El taxista estaba tocando Shave and a Haircut con la bocina—. De verdad, de verdad tengo que irme ahora.

Joe la siguió al exterior, subiéndose el cuello de la chaqueta para protegerse de la fría humedad. Mantuvo una de sus grandes manos en el codo de ella cuando la acompañó hasta el taxi y le dirigió al taxista una larga mirada al abrirle la puerta trasera. Pero antes de que ella pudiera subirse y cerrar por fin la puerta, la adelantó un paso. _______ miró anhelosamente el taxi, su única tabla salvadora.

—Tengo que cogerlo —dijo ella. Nubes bajas y grises dejaron caer unas gotas—. Hay una buena carrera hasta el metro y empieza a llover.

—Dentro de un momento —No le hizo caso a la lluvia, que empezó a caer cada vez más fuerte—. Hoy tengo que ir a la ciudad y no volveré hasta tarde. Pero tenemos que hablar. Mañana.

Mañana. Genial. Mañana podría manejarlo todo. Era sólo hoy que no podía.

Joe sacó un bloc del bolsillo interior de su chaqueta y garabateó algo.

—Éste es mi número del móvil. Por si acaso me necesitas —Y se lo dio. Ella lo cogió y las manos se tocaron. Él tenía la piel áspera. Recordó la mano tocándola en… Temblando, metió el papel en la agenda.

—Vale.

Él asintió con la cabeza, muy serio, y se apartó.

—¿Adónde vas?

—¿Qué… ahora?

—Sí, ahora.

—Al centro de la ciudad. A Salmon Street —Siseó ella cuando se deslizó dentro.

La ignoró y puso un brazo grande sobre el techo del coche y con el puño golpeó bruscamente el metal. El taxista bajó la ventanilla.

—¿Sí? ¿Quiere algo, amigo? —preguntó, aburrido.

Joe se inclinó y bajó la visera del sol, mirando con dureza la identificación del taxista y luego trasladó esa dura mirada al conductor.

—Escúcheme bien, Harris. La señora quiere ir al centro, a Salmon Street. No quiere dar una vuelta por los suburbios de Portland y quiere llegar a su destino en diez minutos. ¿Está claro? —Llevaba puesta la cara de guerrero y esa no era una cara a la que uno replicara.

—Sí, señor —contestó el taxista, pronunciando muy cuidadosamente. Joe clavó los ojos en él otro largo momento, dio un golpe con la mano en el techo y se apartó.

—Bien, en marcha.

El conductor salió como si le persiguiera el diablo y _______ no tuvo el valor de mirar hacia atrás. Pero pudo ver perfectamente bien a través del retrovisor del conductor. Joe se quedó ahí de pie, justo en mitad de la calle, grande como una montaña e inamovible. Con el ceño fruncido, observó bajo la lluvia como el taxi se alejaba.

Hombres.

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rock Re: Midnight Man

Mensaje por yolandaporjoe el Vie Ene 13, 2012 8:58 pm

Mujeres.

¿Por qué diablos no le había pedido a él que la llevase, si tenía el coche en el taller? ¿Por qué llamar a un taxi si él la podía llevar? Él estaría encantado de llevarla hasta Islandia, si ella se lo pedía.

Sabía por qué no se lo había pedido. Por la misma razón por la que le evitaba.

¡Jesús, lo había hecho todo mal! Su intención había sido alisar las plumas erizadas de ________, tranquilizarla convenciéndola de que era un buen tipo, no algún enloquecido maníaco sexual, porque obviamente eso era lo que ella pensaba. Era verdad que había estado obsesionado con la idea de meterla en la cama desde que había puesto los ojos en ella, pero no era ningún animal.

La forma en que lo había mirado, con cautela, con esos grandes ojos grises azulados abiertos de par en par, lista para saltar en cuanto él se moviera, le habrían enojado si no supiera que se merecía su cautela. Había actuado como un gilipollas, arrancándole la ropa y alzándola contra una pared. Ahora dependía de él el arreglarlo.

Tenía que hacerlo bien. Tenía que encontrar la manera de hacerlo bien. Pero, malditos infiernos, sólo ver a la mujer y ya estaba duro. Maldición, si que estaba preciosa esta mañana, más deseable aún que anoche, aunque no hubiera creído que eso fuera posible.

Todavía elegante, todavía llena de gracia, todavía dolorosamente femenina, pero ahora no tenía que especular cómo serían sus pechos, a qué sabrían. Lo suave que sería su boca, lo sedosa que sería su piel, como sería enterrarse profundamente en ella. Ya lo sabía.

Quería más. Más de lo mismo, sólo que esta vez en una cama, con horas por delante para besar otra vez esa preciosa boca hinchada. Lo haría bien la próxima vez, se aseguraría que ella estuviera preparada. Tal vez bajaría hasta sus muslos primero, se aseguraría de que estuviera mojada, y luego entraría en ella despacio. Había estado sorprendentemente apretada.

Ella mostraba los signos de haber hecho el amor. Los labios ligeramente hinchados y una erótica blandura.

Y él le había hecho un chupetón.

Recordaba cada segundo en que tuvo la boca sobre aquel cuello. Su sabor. La había chupado con fuerza al correrse. El cerebro estuvo a punto de explotarle y fue una suerte que no la hubiera mordido.

Había querido hacerlo. Todavía quería.

Quería morderla, besarla, chuparla, penetrarla. Lo quería todo, cada cosa que ella pudiera dar, y más. Pero si no actuaba adecuadamente no iba a poder meterse bajo sus bragas otra vez. Ahora mismo tenía más oportunidades de hacerse bailarina que de llevar a _______ Barron a la cama. Le rehuía como si él fuera el anticristo.

Sabía cuál era el problema pero no tenía ni idea de cómo solucionarlo.

Era un problema que había tenido toda la vida, aunque no había tenido importancia estando en la Marina porque la Marina estaba llena de hombres como él.

Pero aquí fuera, en el mundo civil, era un verdadero problema. Si no hubiera sido tan bueno en su trabajo, eso le hubiera fracasar en el negocio.

Había dos tipos de personas en este mundo. Aquellos cuyos pensamientos y emociones era como un dial y aquellos cuyas emociones eran como un interruptor. Él mismo era un guardagujas y se había pasado toda la vida entre interruptores.

Algo era o no era. Había ocurrido o no. Podías hacerlo o no podías. Daba resultado o no lo daba. Eras feliz o desgraciado.

Las personas dial eran diferentes. En ellos las emociones crecían y bajaban rápidamente en una escala y tenías que adivinar en qué punto estaban e intentar engatusarlos para llevarlos a donde tú querías.

El tener al mando a hombres que se jugaban la vida en combate necesitaba un conocimiento básico de la psicología humana. Joe sabía que él era un buen líder. Había trabajado duro para serlo. Pero había límites a lo que él podía hacer.

Sus hombres eran tan susceptibles como cualquier hombre en lo que se refería a problemas de mujeres, problemas de familia y problemas de dinero. Pero los soldados tenían pocas oportunidades de perder el tiempo. Si sus hombres tenían problemas Joe debía saberlo enseguida. No podía tolerar chorradas y ellos no le defraudaban. Si uno de sus hombres tenía algún problema, entonces Joe trataba de ayudarle a resolverlo. Si no se podía solucionar, y esto afectaba el rendimiento de un hombre, aquel hombre quedaba fuera de los Teams*. El soldado lo sabía, él lo sabía, todos y cada uno de ellos lo sabía.

Joe no era capaz de ir con subterfugios o engatusar.

Casi había perdido el contrato de Occidental del Aceite por su manera de ser. El presidente, Larry Sorensen, lo había invitado a cenar a su casa y a su club de golf al día siguiente. Joe sabía que era una prueba y había estado condenadamente cerca de suspenderla. Lamerle el trasero a un cliente no era su estilo.

La cena había sido un maldito puro infierno con la señora presidente intentando meterle el pie en la entrepierna por debajo de la mesa y el señor presidente intentando hablar de arte, algo sobre lo que Joe sabía exactamente cero.

Y el episodio del campo de golf, ese estaba el primero en la lista de las cosas horribles que había tenido que hacer en su vida. Peor, mucho peor que una incursión submarina en las aguas negras de Jakarta para buscar un nido de terroristas.

Había tenido que aguantar a Sorensen que intentaba crear algún vínculo con él tratando de meter una pelotita en un agujero, casi la actividad más inútil que la mente del hombre haya podido inventar jamás. Todo ese tiempo perdido subido a un carrito de golf —¡un carrito de golf, por el amor de Dios!— para hacer el recorrido.

Sorensen tenía un sobrepeso de unos veinte kilos —todo michelines— y ni siquiera se molestaba en andar unos kilómetros. Por si fuera poco, el señor presidente había hablado todo el tiempo de lo que su psiquiatra le había dicho “para recuperar el contacto con su virilidad”

Joe hubiera querido decirle al tipo que recuperar el contacto con su virilidad le costaría bastante más que darse un revolcón con su secretaria una vez al mes.

Eso no era lo suyo. Así que había descartado el contrato hasta que el episodio de Venezuela le había demostrado a Sorensen y a toda la Corporación Occidental del Aceite que las acciones eran más poderosas que las palabras, siempre.

Joe era bueno actuando. Malo hablando.

Eso nunca antes le había preocupado. La acción era lo que siempre había querido de la vida. Hasta ahora. La acción no iba a devolverlo a la cama de ________ Barron. Y tal vez tampoco las palabras, ya que estábamos.

Pero fuera cual fuese la manera de lograrlo, él la encontraría.

Aún no había fallado nunca en una misión.

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